Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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sábado, 26 de junio de 2010

A los garantes de la división entre los musulmanes.

division

Por Mo'ámmer Mouhiddín al-Muháyir.

Es un hecho conocido por todos los musulmanes que nuestra comunidad ha tenido etapas de gloria en el pasado, en que hubo nobles y justos gobernantes, grandes sabios y eruditos consagrados al estudio de las ciencias de la religión, y bravos guerreros capaces de dar la vida por las causas más sensibles y altruístas. Incluso, en tiempos posteriores al Profeta. Como ejemplo, podemos citar las hazañas de Harún ar-Rashíd, el califa 'abbásida de quien se habla en las Mil y Una Noches, o de Salah ed-Dín Yusuf Ibn al-Aiyúb, el libertador de Jerusalén. Las mismas hazañas y proezas que la comunidad ortodoxa de musulmanes ha citado a lo largo de la historia, y que pueblan los sueños de los musulmanes devotos.

Consecuentemente, es también un hecho conocido que la comunidad musulmana ha caído en una etapa de decadencia que comenzó hace siglos, quizás desde el mismo fallecimiento del Profeta, y que con el transcurso de los años han aparecido numerosos grupos y sectas que se escindieron de la comunidad principal, generando divisiones y dolorosos desencuentros entre hermanos. Cada vez que una de estas divisiones se producía, la comunidad musulmana perdía fuerza y claridad, y eso se manifestaba principalmente en la pérdida de superioridad moral y militar que antaño teníamos sobre el resto de los pueblos circundantes, y en la pérdida de territorios y del favor divino.

Mi propósito con este breve artículo es analizar lógicamente este proceso de decadencia para comprender cuál sería la forma más natural y coherente de revertirlo. Analicémoslo racionalmente: si queremos volver a ver la gloria que el Islam tuvo en los tiempos pasados, debemos entender qué proceso causó su decadencia y tratar de promover el proceso inverso, ¿verdad? De recuperar lo que se perdió, en una palabra. Esa comprensión, en teoría, nos debería permitir revertir ese proceso, de la misma forma en que un niño vuelve a enrollar un ovillo de hilo cuando comprende cómo se desenrolló.

En su libro ar-Ruh, Ibn al-Qayím escribió:

"La tribulación ha llegado a la religión y su gente. Y se implora la ayuda de Dios. Los qadaris, los muryi'is, los jariyíes, los mu'tazilis, los yahmis, y los rafidíes, y todo el resto de facciones de herejes, aparecieron y causaron discordia sólo por su mal entendimiento de Dios y Su Mensajero, [y esta situación persistió] hasta que la religión se convirtió, para la mayoría de la gente, en aquello a lo que los malos entendidos los condujeron. Pero esa [religión], tal como la entendían los compañeros y los seguidores de Dios y Su Mensajero, fue olvidada, y tales personas no acudieron más a ella ni le prestaron atención [… …] a tal punto que si se analizan los textos [de estas personas] de principio a fin, no se hallará que su autor haya, ni siquiera en un solo sitio, entendido de Dios y Su Mensajero lo que debiera".

El proceso que llevó a la comunidad musulmana a la decadencia, como se dijo antes, fue la división interna y el surgimiento de sectas que se escindieron y separaron de la comunidad principal. Hasta aquí comprendimos bien. Y sin embargo, este análisis ya conocido no nos ha permitido jamás a lo largo de la histroria revertir el proceso de desintegración y división entre los musulmanes; por el contrario, lo ha acelerado vertiginosamente. ¿Por qué? ¿por qué lo aprendido no nos permitió jamás revertir ese proceso?

La razón es que al igual que Ibn al-Qayím revela en estos párrafos, los sabios que defendieron aparentemente la ortodoxia no comprendían realmente el proceso que estaban atestiguando. Observemos este párrafo suyo:

"...a tal punto que si se analizan los textos [de estas personas] de principio a fin, no se hallará que su autor haya, ni siquiera en un solo sitio, entendido de Dios y Su Mensajero lo que debiera".

Esta frase categórica y fatalista, taxativa y excedida en sus expresiones, muestra un fenómeno poco advertido del proceso de desintegración, que es cuando un sabio musulmán reacciona violentamente contra una desviación, desviándose en la dirección contraria.

Toda persona sensata y moderada sabe que no existe un sólo ser humano sobre la Tierra completamente falso ni otro libre de alguna falsedad: ¿tiene sentido realmente decir que hay un solo sufi o shi'ah en el planeta, que no comprende correctamente una sola de las enseñanzas del Profeta? ¿No es un exceso, una exageración, una mentira?

Tales extremos no se dan jamás en el ser humano, porque pertenecen al reino de lo absoluto, y lo absoluto es una realidad exclusiva de Dios. ¿Por qué Ibn al-Qayím escribió eso entonces?: "no se hallará que su autor (hereje) haya, ni siquiera en un solo sitio, entendido de Dios y Su Mensajero lo que debiera"".

La verdad sobre el asunto está en un famoso reporte del Profeta (P y B): "Los creyentes, en su mutuo amor y compasión los unos por los otros, son como un cuerpo que, cuando uno sólo de sus órganos sufre, todo el cuerpo padece fiebre y permanece en vela" (al-Bujari, 6011; Muslim, 2586).

Esta verdad que manifestó el Profeta (P y B) es lo opuesto a lo que Ibn al-Qayím, quizás por despecho, escribió en estos párrafos, y la prueba es que cada facción que se separaró de la comunidad se llevó alguna verdad, alguna parte de su todo, y lo hizo cuando el resto de la comunidad descuidó algún elemento que era el preferido de este grupo, algún elemento que por ignorancia o interés fue negado o expulsado de la ortodoxia. Es así como aparecen siempre las facciones en todo movimiento humano, por una defensa denodada de algo que ellos entienden muy bien, quizás mejor que el resto de la comunidad, pero en nombre de lo cual cometen el error de abandonar y descuidar el resto.

En una palabra, lo que nos faltó advertir es que tanto los herejes como los sabios ortodoxos que se quedaron en la comunidad y la defendieron, fueron parte del mismo proceso de desintegración, y que ambos se desviaron, cada uno en una dirección opuesta. Cada uno justificó sus excesos con los excesos del otro.

Ciertamente, siempre fue y será difícil mantener el equilibrio en esta comunidad de Muhámmed, el Profeta de la moderación, de la vía intermedia.

Por ejemplo, los shi'as modernos aparecieron en respuesta a los sabios ortodoxos que pretendieron cerrar la puerta a la iytihád en el siglo décimo, de cuya época data casualmente la fundación del Estado safávida en Irán, base del moderno Estado duodecimano. Y es sabido que sus imames han hecho uso y abuso exactamente de aquello que esos sabios ortodoxos pretendieron negar: la iytihád.

Los sufíes turcos y asitáticos, aparecieron en respuesta a los gobernantes y clases acomodadas que presumían de ser ortodoxos pero adoptaban sólo las formalidades externas de la religión. Los mu'tázilis aparecieron en respuesta a las innovaciones piadosas de gente irracional, con creencias que vulveraban el tawhid, y en su celo los mu'tázilis impusieron bajo el reinado de al-Ma'mún una dictadura racionalista (quizás la única de la historia de la humanidad) que se desvió en la dirección contraria.

El problema es que todas esas facciones herejes que se escindieron de la comunidad, son musulmanas. Descarriadas, pero son musulmanas. Porque cada vez que la comunidad perdió a uno de estos grupos perdió fuerza y lucidez, como un cuerpo que pierde sus órganos uno a uno. Y si ellos realmente hubieran sido ajenos a la comunidad, su expulsión no nos habría causado ninguna pérdida ni decadencia a la comunidad, sino alivio, más claridad y más fortaleza. Pero sabemos que no fue así, ¿verdad? Cuando un cuerpo extraño penetra en un cuerpo (un gérmen, una bala, una piedra, un gusano, la punta de una lanza), su expulsión causa alivio y una pronta recuperación al cuerpo. Y sin embargo, los resultados que registra la historia hacen que la expulsión de estas sectas o grupos del seno de la comunidad, se asemejen más a una amputación, que a la expulsión de un cuerpo extraño.

Según este análisis, el único camino posible, lógico y coherente para recuperar la fuerza y la claridad que la comunidad musulmana disfrutó en aquellas pasadas etapas de gloria, es la reconciliación: reintegrar a cada una de esas facciones nuevamente a la comunidad, recuperar lo perdido. Reconciliarlas a todas y cada una con la ortodoxia, y reconciliarnos con la verdad que ellos defienden. Esa es la única manera racional y coherente de revertir el proceso de desintegración y decadencia en el que estamos sumergidos los musulmanes desde hace siglos: la reintegración.

Ahora, todos sabemos a dónde han conducido a los herejes las desviaciones que profesaron; todas se han diferenciado con el tiempo claramente del resto de la comunidad. Pero, ¿a dónde han conducido sus desviaciones a aquellos que se quedaron dentro de la comunidad, y que pretendieron defender la ortodoxia? Aquí está el problema, porque no todos los innovadores desviados se han diferenciado claramente de la comunidad: algunos se han mimetizado.

No es muy difícil adivinarlo. Basta con mirar alrededor. Hagámosnos la siguente pregunta, por ejemplo: ¿quiénes serían los principales enemigos de la reconciliación entre las diferentes facciones de musulmanes? ¿Quiénes protestarían por ejemplo, si un grupo de sufis declara que abandonarían la bayat y rezarían en la mezquita principal, si quienes allí rezan aprenden el tasáwwuf? ¿Quiénes pondrían el grito en el cielo si los turcos e iraníes se unieran, comprometiéndose a abandonar su respectivos errores y a aprender de los aciertos del otro; si por ejemplo, los turcos adoptaran la devoción de los iraníes sin perder su credo, y los iraníes abandonaran su credo y enseñaran su devoció a los turcos?

Naturalmente, los que hoy en día son conocidos como súper sálafis. Aquellos que hacen de su día a día una campaña de persecusión contra cada una de las otras facciones. Aquellos que gritan a voz en cuello que "con herejes e innovadores no hay reconciliación ni convivencia posible", y los llaman "enemigos de Dios y de la Sunnah".

Quienes rechazan y persiguen a las distintas facciones menores son los garantes de la división y la decadencia en que se encuentra la comunidad musulmana actualmente. Ellos defienden la división, son los que gritan con orgullo y autosuficiencia "¡Viva la diferencia!", y serían los primeros en oponerse a la reintegración y reunificación de los musulmanes. Son como la costra que ha dejado la cicatrización de un miembro amputado, y que impide volver a unirlo a su cuerpo.

En el pasado, los sabios que así obraron (y fueron muchos) fueron como un padre que, cuando uno de sus hijos se descarría y le desobedece, lo expulsa de la casa y le dice: "Demoleré el cuarto en que vivías; ya nunca más habrá lugar para tí en esta casa". Y aunque el hijo se arrepienta y quiera volver, el padre no lo permitirá, porque es demasiado arrogante.

Tales sabios, más que defender la ortodoxia, la han estrechado, la han reducido; le han quitado dinamismo y flexibilidad en nombre del miedo y la prevención. Y es así que hoy en día el legado y ejemplo del Profeta fue desmembrado y cada facción se quedó con una parte de su preferencia, rechazando el resto y sin tener la humildad para beneficiarse ni aprender lo que sabe el otro.

¿Qué grandeza puede alcanzar una comunidad que expulsa a sus hijos en un momento de su historia y los condena eternamente al exilio? ¿Cuán lejos puede llegar una comunidad si se priva poco a poco del apoyo y de los puntos de vista de cada uno de sus miembros?

En la actualidad, estos sabios que han estrechado la visión de la comunidad ortodoxa han dejado su legado también. Multitudes de imitadores de sabios (mukállidún) y aprendices de la religión, sufren sobresaltos proféticos y pretenden purificarse maldiciendo a sus hermanos y condenándolos al Infierno. Sus argumentos suelen ser tan irrefutables como repugnantes sus métodos. Aquí en Facebook tenemos un brillante ejemplo de esa desgraciada tarea en el hermano Néstor Pedraza, que ha escogido el camino del Inquisidor.

Quizás peco un poco de pesimista, pero la mayoría de ustedes estarán de acuerdo conmigo en que revertir el proceso de desintegración de la comunidad del Profeta (P y B) es una utopía muy idealista y muy improbable. Los turcos no abandonarán los trajes europeos por las barba de los persas, y los persas no abrazarán el credo ortodoxo de los turcos. Y los garantes de esas divisiones defenderán a capa y espada cada muralla, cada alambre de púas, y cada barrote que nos separe, gritando como siempre hacen "¡Viva la diferencia!".

Quiero entonces mandarles un saludo a todos esos garantes de la división, a aquellos que viven agitando fantasmas, a esos rentistas del miedo que parasitan la mansedumbre y tolerancia del Pueblo de Muhámmad. Ustedes, que quieren asumir el papel de padres de la comunidad, no son más que otro de sus hijos, como los demás, y ciertamente de los más pequeños e imberbes. Una nueva secta que, como todas las anteriores, quizás no se digne a recapacitar hasta que el verdadero padre de esta comunidad, el Mesías 'Isa Ibn Mariam, aparezca y les dé un buen tirón de orejas o los endereze con su espada.

Pero como hermanos quiero recordarles, como dijo Dios en el Sagrado Corán: "a cada ser humano no le corresponde sino aquello porque lo que esfuerza", que recibirán como recompensa en el Más Allá aquello a lo que consagraron sus vidas aquí en la Tierra: dolor, incomprensión, separación, rencor, división, discordia... soledad.

Los dejo con su patrimonio, garantes. Me voy a ponerle combustible a la grúa demoledora de muros, cuidado les cae alguna piedra encima.

Assalamo 'aleicum wa ráhmatullahi wa baracatuh.

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