Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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domingo, 12 de diciembre de 2010

"Y no nos tomemos unos a otros por señores".

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Ahora podemos ver a las cigüeñas como expresión de una belleza inmarchitable que sobrevuela el paisaje de un mundo plenamente espiritual. (Foto: fotolibre.net).



Nadie está ya a salvo en un escenario virtual donde es posible adoptar otras identidades

Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam


"Di: '¡Oh seguidores de una revelación anterior! Convenid con nosotros un principio aceptable a ambas partes: que no adoraremos sino a Dios y no atribuiremos divinidad a nada junto con Dios y no tomaremos por señores a seres humanos en vez de Dios.' Y si se apartan, entonces decid: 'Sed testigos de que, ciertamente, nosotros nos sometemos a Él'."
(Corán, Sura Al-Imran, 3: 64)

El mundo que hemos conocido hasta ahora está desapareciendo ante nuestros ojos nuevamente asombrados, tragado por la intensidad de una mutación cada vez más evidente y arrolladora. Muchos dicen que siempre ha sido así, que el mundo es efímero, cambiante, todas las tradiciones de sabiduría están de acuerdo en ello, sí, pero también nos dicen que hay tiempos y épocas revolucionarias, intensas, resolutivas, determinantes en nuestro destino como humanidad, como única especie autoconsciente.

Por las mismas razones que, insha Allah, nuestras propias vidas irán desvelando, Allah, alabado Sea, Altísimo, quiere que nosotros vivamos esta gigantesca e irreversible mutación desde una atalaya privilegiada, desde esta palabra que nos une aún desde su relatividad y su distancia. Quiere que dejemos atrás las viejas jerarquías y servidumbres, ese viejo orden que nos ha mantenido prisioneros a unos de otros durante tanto tiempo.

Sentimos cada vez con mayor claridad que cabalgamos a lomos de un cambio de paradigma, pero las contradicciones que arrastramos, las inercias de lo viejo, en este caso de la imagen moderna occidental, no se solventan por ahora si no es muy trabajosamente y en nuestro interior. Estos lastres antiguos no nos dejan ver todavía con nitidez los perfiles del nuevo paradigma.

Estamos cociendo el barro del futuro pero los viejos demonios se resisten a desaparecer de la escena y son, por decirlo de forma metafórica, el combustible del horno que nos templa, volviendo una y otra vez a maquillarse para aparentar una permanencia imposible. Así que hemos de recordarles y recordarnos constantemente que ellos también son seres creados, sujetos de la muerte.

Vemos hoy perecer, en esta profunda mutación, a los ángeles y demonios del mecanicismo y del mercado entre las ondas wifi y las telepresencias, en la sopa inaudita de la almadraba global, diluidos en una visión inédita del planeta, en sus rincones aún velados por el viejo imaginario industrial. Paisajes que ahora empiezan a recobrar para nosotros y para nuestros hijos el horizonte del mañana, insinuando las líneas de una imaginación emergente y creativa que ahora, precisamente ahora, dibujan un escenario holográfico capaz de soportar nuevas ideas y de constituirse en un medio de desarrollo humano, espiritual, heraldo de ese nuevo paradigma.

Yihad de género, lucha por los derechos humanos, la justicia social y económica, la libertad de expresión y de conciencia, dejan de ser los ítems de una estrategia razonable para realizar la vieja utopía moderna y se convierten en una excusa feliz para lograr el desarrollo humano integral, para poder andar esta vía fraternal que hoy tanto necesitamos y que la propia modernidad se empeñó sistemáticamente en marginar y abolir.

Esperemos no caer de nuevo en el error de quienes redescubrieron de pronto las grandes selvas y llenaron las ciudades de zoológicos y que, por esta vez, el ecosistema completo de los demonios sea consumido por el fuego, masha Allah. Pero mientras tanto hemos de hacer un esfuerzo por apuntalar este nuevo paradigma que habrá de equilibrar varios siglos de negación y de despropósito, un esfuerzo o yihad que habrá de resolverse primero interior e individualmente, configurando nuevas actitudes e ideas, nuevas visiones del ser humano y del mundo que, en su interacción social, construirán, insha Allah, nuevos discursos y mostrarán horizontes inéditos de cultura y civilización.

El viejo paradigma lógico-mecanicista, antropocéntrico, depredador y usurero, no tiene más alternativa que su disolución global o bien aceptar el encuentro con lo mejor del ser humano. Existe tecnología de sobra para resolver todos los problemas que acucian hoy a la humanidad. En los poderes falta voluntad de cambio, sinceridad, reconocimiento de la injusticia estructural de un modelo que quiere sobrevivir aún a costa de la muerte y el sufrimiento de la mayoría de las criaturas que intenta administrar, sean éstas humanas, animales, plantas, paisajes o ideas.

La modernidad prometió redimir al ser humano de sus servidumbres tradicionales, de la pobreza, del esfuerzo físico extremo, de la violencia y de la guerra, pero no ha hecho más que asentar estas lacras y hacerlas más endémicas y difíciles de erradicar pues ha producido un insano aislamiento de los seres humanos incrementando incesantemente su dependencia de los poderes económicos, científicos y discursivos. La esclavitud moderna es más dura cuando comprobamos los sutiles mecanismos que utiliza, el disfraz de libertad que viste, para administrar la violencia y la muerte.

La supervivencia de ese paradigma de la violencia, de la mentira y de la usura se logra a base de encubrimientos políticos y maquillajes digitales. Nadie está ya a salvo en un escenario virtual donde es posible adoptar otras identidades, suplantar a cualquier individuo y hacerle hacer y decir lo que nunca hubiese sospechado. Las revelaciones de secretos de estado nos muestran el lado oscuro del sistema, las grietas que habrán de ensancharse hasta hacerlo caer de forma irreversible.

Se ha repetido hasta la saciedad que el pensamiento moderno quiso sustituir a Dios por la razón y por la ciencia y que consiguió desacralizar al ser humano y al mundo. La razón científica aparentemente sustituyó a la palabra divina, a la Revelación. Los técnicos han sido hasta hoy los sacerdotes de esa nueva iglesia Y así, el agotamiento de ese modelo supone un regreso a las fuentes intangibles de nuestra experiencia, abriendo un espacio al reencantamiento de la humanidad, a una reconexión con lo sagrado que siempre estuvo ahí, o aquí, o más allá, un abandono definitivo de las servidumbres humanas.

De la misma manera en que la yihad de género pretende la igualdad social y legal de quienes constituyen la comunidad humana, la vuelta a la dimensión espiritual supone un desembarco en la mayoría de edad de una humanidad que deja atrás muchos ídolos, sobre todo los ídolos de una autoridad que ya no se sostiene. Tras la dilatada experiencia autoritaria, cuyo último disfraz exhibe increíbles colores democráticos, queremos recobrar nuestra soberanía, nuestra libertad de elegir, de pensar, de desear, y hacerlo en un marco igualitario, fraternalmente, donde la única autoridad sea la del espíritu que nos anime a comprender y a escuchar.

Cuando Dios, en Su última y definitiva Revelación nos dice: “Y no nos tomemos unos a otros por señores” está precisamente indicándonos en qué consiste esa actitud del nuevo paradigma, el islam, animándonos a soltar amarras de todo lo que no es Él, llamándonos a aceptar Su Soberanía Única y a rendirnos en el hondo abismo de la entrega y del abandono, solos, y en Él, como jalifas suyos. Sólo Él es real para cualquier nosotros que merezca ese grato pronombre.

Si hasta ahora nos ha resultado más cómodo entregar nuestra soberanía a otros —al Estado, a los sabios, a los expertos— a los que hemos atribuido divinidad y poder como una forma de garantizarnos una identidad, una seguridad y una permanencia que sólo puede otorgarnos el Dador (Al ‘Ati), ahora ya sabemos que los reyes magos son los padres y que los niños no vienen de París traídos en el pico por las cigüeñas.

Ahora podemos ver a las cigüeñas como expresión de una belleza inmarchitable que sobrevuela el paisaje de un mundo plenamente espiritual que emerge de las cenizas de la razón y de la ciencia. Ahora podemos agradecer a Dios el regalo de la conciencia mediante ese ejercicio de responsabilidad que supone llamar a las cosas por sus nombres, y no utilizar esos nombres para escondernos y desaparecer en el anonimato de la esclavitud.

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