Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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miércoles, 5 de octubre de 2011

Manifiesto de derechos humanos.

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Julie Wark · · · · ·

Julie Wark ha escrito un libro, cuyo título, Manifiesto de derechos humanos Ediciones Barataria, Barcelona, 2011, 9,80 €), declara las intenciones de la autora. No se trata de un libro al uso sobre esta venerable cuestión, tantas veces manoseada de forma grosera. Publicamos a continuación la introducción, de la propia autora, a este libro que acaba de aparecer en las librerías. (A la editorial Barataria se puede acceder por Internet en la siguiente dirección: http://www.barataria-ediciones.com/covers/9788495764775.jpg).

Este manifiesto va dirigido a todo el mundo. No se trata de una declaración más ni de otra lista de derechos humanos. Su tesis es que los derechos humanos pertenecen a la esfera de la economía política; que tienen que formar parte de los cimientos de toda sociedad que funciona correctamente. Cualquiera sabe que los seres humanos necesitan vivir en sociedad y que esta condición social fundamental requiere que esté cubierto el derecho básico de la existencia material de sus miembros. Todos los demás derechos, junto con el de la dignidad humana, derivan de éste. Este manifiesto es una reclamación legítima de los derechos humanos que ya están consagrados en tantas declaraciones.

Aunque la Declaración Universal de Derechos Humanos fue ratificada en la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 con cuarenta y ocho votos a favor, ninguno en contra y ocho abstenciones, [1] en términos reales el respaldo a los derechos humanos ha sido muy escaso a nivel mundial. Más del cincuenta por ciento de la población mundial vive en la pobreza, una cifra que se traduce en que unos 3.500 millones de personas no gozan de los derechos más básicos. La brecha creciente entre ricos y pobres es de una injusticia inconmensurable, incalificable. Para dar sólo un ejemplo, las 1.210 personas más ricas del mundo suman un patrimonio neto de 4,5 billones de dólares (un promedio de aproximadamente 3.720 millones de dólares cada uno). El conjunto del producto interior bruto (PIB, el valor monetario de toda la riqueza de un país durante un año) de los veinte países más pobres del mundo [2] asciende a unos 310.000 millones de dólares, por lo que la suma de esas fortunas privadas es casi quince veces mayor que el valor monetario combinado de todos estos países y sus 410 millones de personas (cuyos ingresos anuales individuales apenas alcanzan cifras que van de los 300 a los 1.200 dólares). Como promedio, cada archimillonario tiene más dinero, por ejemplo, que el PIB de Liberia, Eritrea o la República Centroafricana. Una persona en la pobreza extrema no puede vivir en condiciones de libertad y dignidad. En la otra cara de la moneda, tampoco tienen ninguna dignidad las vidas perversas y esperpénticas dedicadas al consumo egoísta de lujos, a la posesión de un sinfín de casas mastodónticas, flotas de automóviles y aviones privados. Cualquiera con un mínimo sentido de la justicia puede ver lo torcido de una situación en la que no hay nada a derechas y en la que, por supuesto, tampoco hay DERECHOS.

La clave para remediar esta brutal injusticia, esta cruel situación, está en la reclamación, en la exigencia radical de esos derechos que ya están jurídicamente reconocidos como herencia natural de todo ser humano; esos derechos que son inherentes a la dignidad humana, la libertad y la igualdad que ésta conlleva, y la fraternidad, que no puede existir sin ellos. Los derechos humanos son una expresión de la arraigada y profunda noción humana de la justicia, y «humano» es una categoría universal que abarca a todos los hombres y mujeres.

Éste es un llamamiento a las gentes de todas las condiciones sociales para que reclamen los derechos que constituyen la esencia de una existencia verdaderamente humana porque, como reza el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.[3]

Esto significa que todos debemos reconocer y respetar nuestra humanidad común y, sobre todo, el hecho de que, en la vida social, los derechos y los deberes son inseparables, que los derechos de unos no pueden menoscabar los derechos de otros, que los 1.210 multillonarios no deben pavonearse en sus aviones privados a costa de los derechos de nadie, y mucho menos de los de millones de personas. Hay que establecer mecanismos políticos e instituciones que, como obras de seres humanos «dotados de razón y conciencia», protejan los derechos generales de los abusos de aquellos cuya voracidad no tiene límites. La codicia es repugnante. Dondequiera que florece, mata el espíritu de la fraternidad y de la humanidad compartida.

Cualquiera puede comprender que la necesidad de los derechos universales y la libertad son cuestiones de sentido común, sobre todo si pretendemos que la dignidad se extienda a todos los seres humanos. Se suele ridiculizar lo «universal» considerándolo una noción utópica, una idea ingenua cuando se combina con la palabra «derechos», pero también es un concepto revolucionario, porque siempre habrá quien pretenda más poder, riqueza y privilegios de los que le corresponden, y siempre lo hará a expensas de otros. Cuanto menos respeto muestran los gobernantes por los derechos humanos, más enconados son sus ataques contra quienes los reclaman. Los que protestan contra el abuso de poder, la codicia o su hermana gemela, la crueldad, serán tachados de alborotadores, renegados, traidores o subversivos y, a menudo, sometidos por leyes muy disociadas de la justicia. Los enemigos de los derechos humanos recurren a cualquier tipo de ensañamiento a fin de preservar el botín de su avidez que, por alguna lógica delirante, consideran como algo merecido.

Mohamed Bouazizi, un vendedor callejero de la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, un hombre al que no se le permitió vivir una existencia digna, lanzó un grito de protesta estremecedor. Fue un acto de de­sesperación que conmocionó a miles de personas y que luego las inspiró para reclamar derechos humanos y dignidad no sólo para sí mismas, sino para todo el mundo. Ésta es una de las numerosas voces de este Manifiesto. A diferencia de muchos terroristas suicidas, Bouazizi no segó otras vidas, sino que se autoinmoló: fue la declaración final de un hombre despojado de su libertad y su dignidad y que sentía que su derecho a la existencia material corría peligro. Las llamas de su declaración se propagan rápidamente. Este manifiesto es una llamada a la acción. La acción de Mohamed Bouazizi fue desesperada y terminó en una muerte horrible y trágica, que despojó a una familia –ya muy despojada– de uno de sus valiosos miembros. Su sacrificio puso de manifiesto el ultraje que supone verse privado de derechos –como medio mundo– día tras día. Los derechos humanos son vida: una vida libre y digna para todos. Son la esencia de nuestra humanidad. Estos derechos han sido secuestrados, socavados, negados y violados a lo largo de la historia de la humanidad. Los derechos humanos no son caridad. No son una concesión del gobierno de turno que se pueda repartir de forma caprichosa y a regañadientes. Son patrimonio de la humanidad. Su reclamación es legítima, una afirmación que debe proclamarse y oírse a escala global. No hay derecho a que los derechos no sean para todos.

. . . . .

Un espectro recorre el mundo, el espectro de la dignidad humana. Cuando Mohamed Bouazizi se prendió fuego el 17 de diciembre de 2010 tras un acoso implacable de las autoridades locales, se desató en el país una serie de protestas y disturbios enraizados en enconados rencores sociales y políticos. La mayoría de la población de Túnez conocía muy bien su situación. Las llamas de su desesperación se convirtieron en una antorcha de ira y valiente resolución que siguió ardiendo, avivada por la rabia después de su muerte, el 4 de enero, y que, finalmente, obligó al autocrático presidente Zine El Abidine Ben Ali a huir del país (con el equipaje de su enorme fortuna personal) diez días después. El «volcán de rabia» se extendió rápidamente por todo el mundo árabe. Hubo más piras humanas y los pueblos de Egipto, Libia, Argelia, Bahrein, Yibuti, Irán, Irak, Jordania, Omán, Yemen, Kuwait, Líbano, Mauritania, Marruecos, Arabia Saudita, Somalia, Sudán y Siria se han movilizado con diversos grados de participación y vehemencia. En Egipto, Mubarak ha sido derrocado. La gente de la calle está organizándose en grandes concentraciones, desafía a los ejércitos, a las siniestras fuerzas militares y a los sicarios de la policía que antes los aterrorizaban. Lo celebran en la plaza Tahrir (Liberación) de El Cairo y otros puntos de otras ciudades, creando espacios públicos, un mundo que antes sólo podían soñar. Hay una gran presencia de mujeres entre los manifestantes, mujeres hasta ahora encerradas en la esfera doméstica, sometidas a todas las humillaciones de la pobreza; mujeres con una nueva sensación de potestad.

El «volcán de rabia» –locución de la década de 1960, del himno del panarabismo– no es una expresión específica de la indignación árabe o islámica, ni un fenómeno impulsado por líderes religiosos y políticos. Es la reivindicación de algo oficialmente declarado: el derecho de toda persona a vivir con dignidad. La población joven de estos países, al igual que la del resto del mundo, afronta un futuro poco prometedor, incluso aterrador. La traición de los go­bernantes, como dijo una vez el difunto dramaturgo sirio Saadallah Wannous, los ha «condenado a la esperanza». Sin embargo, la esperanza y la desesperación salen baratas, como dice un viejo refrán, y cuando las elites atrincheradas empiezan a jugar con las esperanzas del pueblo, su mentira pronto queda al descubierto. En marzo de 2009, Muammar el Gadafi celebró una cumbre de jefes de estado árabes. La declaración final –evidentemente redactada con fines «diplomáticos»– respalda la propuesta del presidente de Túnez de declarar el 2010 «Año de la Juventud». Los líderes subrayaron la necesidad de «instaurar la cultura del aperturismo y la aceptación del otro, apoyar los principios de la fraternidad, la tolerancia y el respeto de los valores que hacen hincapié en los derechos humanos, respetar la dignidad humana y proteger la libertad».[4] Tan descarado cinismo pronto aniquiló toda esperanza que pudiera haber sobrevivido hasta entonces, y engendró la desesperación, la muerte o la ira en forma de «volcán de rabia». La angustia de Mohamed Boua­zizi, según su hermana, era fruto del largo calvario de «humillaciones e insultos, y porque no le permitían vivir». El espectro que ahora recorre el mundo y que acecha sobre todo a los tiranos que caen, o temen caer, que se apresuran a preservar sus miles de millones en cuentas en el extranjero y a buscar un palacio en el que vivir amparados por otro tirano, es el espectro de los humillados, de los insultados, de los que no tienen permiso de vivir.

Parafraseando al Manifiesto [5] más famoso de todos los tiempos, la aparición de este espectro de una reivindicación que es tan vieja como la humanidad «se desprenden dos consecuencias»:

1. El poder intrínseco del derecho a la dignidad humana está siendo reconocido.

2. Es hora ya de que los derechos humanos se asuman en su esencia radical, que muestren «ante el mundo entero» sus demandas y su fuerza para combatir «esa leyenda» que han sido hasta ahora, para volver a luchar contra la estafa de la deformación de sus términos y su atropello cotidiano mediante un manifiesto que exponga sus exigencias. Si «toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases», también es una historia de atropellos contra los derechos humanos. La historia ha proporcionado a la humanidad una serie de declaraciones y pactos que reconocen diversos tipos de derechos humanos, divididos en generaciones y familias, y por lo tanto desnaturalizados. Se otorgan desde arriba. Flotan en el aire, ajenos a las instituciones sociales y jurídicas, como concesiones de los líderes, de los privilegiados.

No; los derechos humanos no son divisibles porque todos proceden de un derecho básico, aplicable a todos los seres humanos: el derecho a una existencia digna. No; no son un regalo ni se otorgan por caridad, como pretende su actual forma tergiversada de humanitarismo, sino que son un requisito humano básico. No; no son ajenos a las instituciones sociales, sino que deben constituir su base, y la base de la república democrática es la libertad de todos sus ciudadanos en el verdadero sentido humano de la palabra. Privado de los medios de una existencia digna, ningún ser humano puede ser libre. Los derechos son la base de la dignidad, la libertad y la justicia, nada menos que a escala universal. Los derechos humanos son radicales.



Notas:

[1] República Socialista Soviética de Bielorrusia, Checoslovaquia, Polonia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Unión Soviética, República Socialista Soviética de Ucrania y Yugoslavia.

[2] República Democrática del Congo, Zimbabwe, Burundi, Liberia, Eritrea, Níger, República Centroafricana, Sierra Leona, Togo, Malawi, Madagascar, Mozambique, Etiopía, Guinea, Ruanda, Malí, Uganda, Nepal, Burkina Faso y Haití.

[3] Texto completo en http://www.un.org/es/comun/ docs/?path=­/es/documents/udhr/index_print.shtml

[4] Citado por Max Rodenbeck en «Volcano of Rage», New York Review of Books, 24 de marzo de 2011.

[5] Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del Partido Comunista (1872), online en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm


Julie Wark es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4463