Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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martes, 4 de marzo de 2014

Musulmana? -Por supuesto. Sumisa? -Solo a Dios.


Hace trece años, tomé una decisión que cambió mi vida para siempre: leí el sagrado Corán por completo. Inmediatamente después de leer el sagrado Corán, leí la biografía del profeta escogido por Dios para enviar Su Mensaje a la humanidad, Muhámmad (que la paz y bendiciones de Dios sean con él). Lloré y reí con su ejemplo de vida. Quedé fascinada con la sabiduría, fortaleza y debilidad que como hombre nos mostró sin temor a ser catalogado como débil por mostrar misericordia con mujeres, niños, ancianos o incluso con sus más acérrimos enemigos; temor y sufrimiento con las injusticias o su gran capacidad de estratega en los diferentes conflictos bélicos a los que fue obligado a participar por defender a los suyos. Luego procedí a leer varios libros con muchos de los relatos (hadices) del profeta Muhámmad, en los cuales despeja dudas, enciende luces con respecto a las dudas que presentaban los creyentes ante diversas situaciones de la época y nos muestra principalmente su modo de vivir. Decidí por mí misma, sin coacción alguna, que el Islam (sumisión a Dios) sería de ahí en adelante mi fe y estilo de vida. Confieso que pequé de ingenua al entrar en una fe basada directamente en La Revelación, suponiendo que el resto de los musulmanes lo vivían de la misma manera. He conocido de todo, desde gente muy buena, hasta lo peor de lo peor entre mis hermanos. Algunos de los mejores, se quitan el bocado que estén comiendo o las prendas que llevan puestas para obsequiarlas generosamente y sin esperar recompensa o agradecimiento alguno hacia los más necesitados. Otros son capaces de defender hasta con su propia vida a cualquiera que se encuentre en peligro, sea musulmán o no. También he sido testigo de los que lloran con el dolor ajeno, respetan a sus padres e hijos y se olvidan de sí mismos con tal de agradar a nuestro Dios, los más pacíficos y sumisos de todos. En nuestra comunidad islámica también encontramos fácilmente a los depredadores y psicópatas sexuales que se mimetizan entre los mejores musulmanes, andan a la caza de sus próximas o nuevas víctimas (sobre todo recién conversos), vestidos con un falso traje de religiosidad exagerada y ostentosa para dar rienda suelta a sus más bajos instintos, sobre todo sexuales; encontramos por doquier a los mal llamados "sabios" que manipulan las sagradas escrituras pagados por diferentes intereses políticos para agredir de cualquier manera a los más débiles o sostener sus régimenes dictatoriales dentro del status quo que han impuesto para evitar que la población llegue a sublevarse. Sin embargo, y gracias a Dios por ello, me he encontrado y casi sin querer o buscarlo, con una parte de los musulmanes que no cree a pie juntillas en todo lo que los sabios, sheikhs y auto-proclamados líderes nos hacen pensar que es lo correcto. Tal vez no sean muchos, pero crean una gran diferencia por lo cual fácilmente son tachados como desviados, creadores de fitnah (división) y hasta incrédulos. Entre los más atacados se encuentran los defensores de los derechos de la mujer, esas que son golpeadas día con día y a toda hora, quemadas con ácido o acusadas de adulterio cuando han sido víctimas de violación por no contar con testigos suficientes que hagan valer su palabra. Los que denuncian la pederastia, el abuso sexual o las condenas a muerte fortuitas, así como juicios sumarios que se desarrollan sin el mínimo de requerimientos estipulados en la Sharia (ley islámica). ¿Y qué decir de las nuevas condenas como por ejemplo la pena capital por practicar el lesbianismo, la sexualidad o simplemente no rezar? Después de haber experimentado en carne propia el abuso físico, psicológico, sexual y patrimonial por parte de este tipo de vividores de la fe, comprendí que la única manera de salvar nuestra religión es dejar de lado el estereotipo de que el musulmán debe ser "sumiso" y "guardar las faltas del otro" (una clara manipulación de los relatos del profeta para evitar que la víctima se defienda o denuncie), ya que ello crea una degeneración que solamente afecta a los más vulnerables. Decidí entonces que mi sumisión es única y exclusivamente a Dios, porque el Mensaje de Dios es claro, sin interferencias, ni complicaciones, mientras que la interpretación que le dan las personas están como todo lo humano, sujetos a error. Por eso me convertí en una de ellos, en esos parias que logran hacer que los fanáticos, prepotentes y sabelotodos monten en cólera instantáneamente, con un aliciente y condimento extra: ser mujer. Tal parece que ser mujer es ya un pecado y descalificación instantánea para emitir opiniones, estudiar o pedir igualdad de condiciones en un mundo gobernado por una sociedad machista y patriarcal. Ser considerada creadora de división y el hazmerreír de los verdaderos innovadores del Islam (puesto que el profeta Muhámmad jamás maltrató o menospreció a nadie) lo siento más que una sentencia, un gran orgullo y responsabilidad. Aunque no seamos muchos, espero que sigamos creciendo y que realicemos un cambio, el cambio, del cual espero que salgamos todos victoriosos y beneficiados, si Dios quiere. "Allah no perdona que se le asocie nada, pero fuera de ello perdona a quien Le place". Sagrado Corán 4:48. Rashida Jenny Torres Musulmana Costarricense