Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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lunes, 12 de marzo de 2012

Ishraq, los colores del alma. Entropía del rojo en el espectro luminoso.

Rojo material

Un ensayo sobre hermenéutica holística del color

Autor: Hashim Cabrera


Visualizar imaginalmente el color rojo 71 es como si imaginásemos genéricamente el color. Es al mismo tiempo la frecuencia lumínica más fácilmente abarcable por nuestra visión y el color que mejor se presta a ser conceptualizado. Conjuga la luz y la sombra en el proceso fisiológico de combustión perceptual, equilibrando el espacio espectral completo, entre el amarillo y el azul, abriendo un ámbito de intensificación del color —croma— mostrando el atemperamiento de la luz en la sombra. La luz se enfría cuando el color, su croma y su temperatura se intensifican, porque toda manifestación implica una pérdida, una posibilidad ya muerta, ya vivida, una expresión genuina de entropía, una huella o ceniza fenoménica y existencial.

Percibimos sólo los ecos de la luz porque la luz nos ciega; sentimos sus huellas y no nos deslumbramos porque el color se apodera de nuestras retinas como un velo que mitiga la quemazón. Así el rojo nos ayuda a vivir en la luz, como una llama que forjase el nervio de nuestra visión, atemperando nuestra fisiología y nuestra percepción. Un efecto que sólo se comprende cabalmente teniendo en cuenta que en el núcleo de su interioridad se halla escondido lo verde, esa brotación húmeda del color que compensa la quemadura que la luz va dejando en nuestra fisiología.

Lo verde que se halla oculto en lo más profundo de la luz roja es esa frecuencia que se manifiesta en nuestra percepción de la naturaleza como signo de lo imperecedero —de la supervivencia, de la resurrección, del regreso de nuestro exilio— como si se tratase de un recuerdo.


“Aquel que del árbol verde produce para vosotros fuego, pues, ¡he ahí! que encendéis vuestros fuegos con él.”
(Qur’án, sura 36, Ya Sin, aya 80)


Para el gnóstico del ishraq, la vida es una transmutación inabarcable. No podemos coger las llamas, sólo podemos recoger las brasas de esa mutación inmensa, la materia candente de toda creación. Es Dios quien hace que de las plantas verdes surjan las llamas, y que así nos revela el secreto del fuego, su capacidad de compensar nuestro vacío mediante una humedad diáfana e invisible que nos mantiene unidos a la estructura ausente, al bajo continuo, al dios escondido en la densa oscuridad del carbón.

No podemos crear el fuego sino tan sólo aprovechar las brasas de la vida y de la creación, recordar el jardín, el árbol verde, en la danza de las criaturas sintientes, en sus rostros atenazados por el calor, en la cadencia de sus palabras. Este mundo sería el infierno si no fuese porque, en medio de las llamas de la disolución y la dispersión, podemos oír o recordar el murmullo del agua, de la unión. En el infierno (Yahannam) no hay agua ni murmullo ni nada más que un inacabable consumirse, una pura entropía. La tierra y todo lo que produce acaban siendo consumidos por el fuego de la manifestación y de la existencia, reducidos a las cenizas de la sombra, a una materia densa, sorda y oscura.

Roja es la frecuencia del fuego que acaba materializando la tierra, carbonizando lo vivo, sustrayendo lo verde a la negrura de su lecho primero. Sentimos el universo crepitando y exhalando vapores cargados de propósito, miramos a nuestro alrededor y no encontramos ya ninguna expresión que permanezca. El mundo es un incendio gigantesco y desmesurado, voraz, sin otra razón de ser que devolver a los seres su condición original, su vacuidad y precariedad constitutivas y esenciales. El mundo es un mar de negaciones, omisiones, silencios y expresiones que se van consumiendo y cuyas cenizas van sedimentando y mineralizándose, tornándose en objetos. Nuestro interior se va oscureciendo con esas cenizas al tiempo que comprendemos y sentimos su condición perecedera y fenoménica.

“Todo cuanto vive en la tierra o en los cielos perece: pero por siempre perdurará la faz 72 de tu Sustentador, plena de majestad y gloria.”
(Qur’án, sura 55, ayat 26-27)


No podemos escapar a la combustión ni a la muerte pero podemos, en la danza de las lenguas de fuego, descubrir y sentir dentro de nosotros la inteligencia onnubilante y forjadora que anima el movimiento de la llama. La imagen del incendio se graba inevitablemente en nuestro corazón y así el ascua de oro de la Realidad se torna visible. Son llamas que nos abocan al instante, a la teofanía (tayalli), a una experiencia trascendente de nuestro ser real.

Sólo después de haberse despojado de su condición creatural y fenoménica, mediante una experiencia de extinción radical (fanáh), puede alcanzar el gnóstico auroral la unidad de su alma con lo Real, sólo así regresa al húmedo jardín de la unión. En esta estación o maqam, se templa el viajero espiritual —tierno por dentro y sobrio por fuera— soporta el fuego y, aniquilándose, no sólo no se quema sino que se torna capaz de segregar sus húmedas y vivificantes lágrimas en medio de la hoguera, cruzando así un incendio que está produciendo negras y melancólicas cenizas, ávidas de agua para revivir, forjando un corazón consciente, una interioridad unificada que puede así latir entre las llamas fenoménicas sin abrasarse, un latido que comprende ahora todos los ciclos y estaciones.



Roja es la vibración del desbordamiento, el límite exterior y convexo del arco iris. En la aparente inmovilidad de la materia oscura comenzó a vibrar el amarillo, mitigando nuestra nostalgia de la luz y suscitando nuestro deseo de romper los velos que nos separan de ella para acabar así con nuestro exilio. Pero, inmediatamente, el nacimiento del universo material se transmuta en un sol rojo que inaugura la formación de las galaxias, la explosión primigenia de la vida y de los fenómenos que entona el canto de su propia disolución. El color rojo es una vibración agonística, una frecuencia escatológica.

La luz roja es la vibración de longitud de onda más larga y frecuencia más lenta, tal vez la que nos estimula con más consistencia, la más potente, constante y caliente, la que menos penetra en el agua, pero también la que culmina el despliegue entrópico y manifiesta cabalmente el principio de su propia aniquilación. Contiene la vibración justa para calentar el horno de nuestra percepción sin quemar el objeto ni el medio, pero acaba también por desaparecer, en el límite mismo de la vida, cansada por el esfuerzo, disuelta en nuestra percepción, fundida en la vibración infrarroja.



En numerosas tradiciones culturales el rojo es sinónimo de color, como ocurre en la cultura andaluza, donde rojo se dice ‘colorao’. También en la teosofía sohravardiana, donde el color rojo es considerado como una sinergia equilibrada de luz y sombra, de blanco y negro, como territorio fronterizo y crepuscular —en los dos sentidos, tanto auroral como vespertino— entre la existencia y la manifestación:

“Si un objeto blanco se mezcla con el negro, aparece entonces enrojecido. Observa el crepúsculo y el alba, blancos uno y otro, puesto que están en relación con la luz del sol. Sin embargo el crepúsculo y el alba son un momento intermedio: un lado hacia el día, que es blancura, otro lado hacia la noche, que es negritud, de ahí el tono púrpura del crepúsculo de la mañana y de la tarde. Observa la masa astral de la luna en el momento de su salida. Aunque la suya sea una luz que toma prestada, está verdaderamente revestida de luz, pero una de sus caras está vuelta hacia el día, mientras que la otra está vuelta hacia la noche. Así la luna aparece teñida de púrpura. Una simple lámpara muestra la misma condición; abajo, la llama es blanca; arriba se convierte en humo negro; a media altura aparece enrojecida” 73.

Una condición crepuscular que nos revela el vínculo entre el fenómeno luminoso y el acontecer de la conciencia. La psicología tradicional denomina ‘crepusculares’ a los estados entre el sueño y la vigilia, estados fronterizos donde se producen visiones y sueños vívidos. La terminología confirma la validez de una correspondencia y una homología que no pertenecen tan sólo al ámbito semiológico sino que hunden sus raíces en la experiencia imaginal, donde y cuando la apercepción del fenómeno luminoso entra en contacto o acontece paralelamente al despertar consciente.

En la fototerapia sintónica, el campo retiniano que registra la sensibilidad a la luz roja está estrechamente relacionado con el campo simbólico. El test del campo simbólico en la retina evalúa la capacidad del ser humano para reconocer símbolos visuales y formas significativas como triángulos, círculos, cuadrados, etc. En cromoterapia se utiliza la luz roja como estimulante de la circulación sanguínea y del hígado.

Descubrimos aquí una correspondencia de esta cualidad de la retina para registrar el campo simbólico con la situación central y ponderada que tanto Kandinsky como Gerstner adscriben al color rojo. En sus indagaciones, ambos asocian el rojo con el cuadrado, considerando a éste como paradigma de la forma y como símbolo visual por antonomasia.

El rojo es la sangre del color, la vibración que alimenta y estabiliza nuestra percepción cromática, tanto ocular como imaginal, de una manera más significativa y constante. El rojo es una luz refractada o sufrida equilibradamente, a medio camino entre su fuente inicial y su desa­parición. La luz roja nos hace detenernos justo en el núcleo de nuestro itinerario. El rojo es también la brasa del color porque calienta nuestra visión y la vincula con la cualidad mudable y expansiva de la tierra, acomodando nuestra percepción a los incesantes aconteceres, favoreciendo la contemplación de una naturaleza siempre cambiante y perecedera. Los gnósticos ishraquiyún llaman al centro sutil que gobierna esta estación o maqam, como latifa qalbiyya 74, el centro sutil del corazón. Se la relaciona con el profeta Ibrahim (Abraham), la paz sea con él, con su condición de jalil ullah, de amigo íntimo de Dios, de la Luz Real.

Nuestros corazones perplejos se asoman a través de los ojos: En el exterior todo está en llamas, todo cambia y nada permanece: el fuego se ha apoderado del mundo, es el propio mundo. Las llamas están ahí, mostrando una incesante danza, aniquilando nuestros pensamientos, nuestros recuerdos y deseos pero, al mismo tiempo, tornándolos legibles como experiencias de nuestro propio acontecer.



El fuego de la realidad, en esta estación, no sólo no nos quema sino que se convierte en un medio de conocimiento. El transcurrir, la incesante danza de los ciclos y las estaciones, ya no es sufrimiento sino consecución consciente. Las palabras se cruzan sin cesar, los latidos de la vida no encuentran en sí mismos su forma ni su destino. El crepitar del fuego se lo impide. Sólo respeta nuestra conciencia, nuestra visión de lo único real que subsiste tras la extinción de todos los fenómenos. Esta visión y esta conciencia surgen en nuestro núcleo más interior que así está siendo purificado y fortalecido mediante una experiencia devastadora.

El color es el alma, la densa oscuridad material es el cuerpo y la luz es el espíritu de la creación. En esta simbólica descripción el color rojo aparece como una criatura equilibrada en su expansión creadora, como un alma plenamente iluminada por el espíritu al mismo tiempo que como un cuerpo rescatado de la oscuridad aunque abocado a ella, como un cercano sinónimo del alma humana, fronteriza y consciente.

Kandinsky describe el color rojo como ilimitado y caliente, vital e inquieto que, habiendo perdido la levedad del amarillo, nos ofrece una frecuencia de potencia y tenacidad, de madurez viril, “como una pasión incandescente y constante, una fuerza centrada en sí misma que no es fácil de vencer pero que se apaga con el azul, como el hierro incandescente en el agua” 75.

La astronomía nos dice que el Universo se está expandiendo debido al "corrimiento hacia el rojo" que se observa en la luz que nos llega desde las galaxias más lejanas. Según el denominado Efecto Doppler, las ondas de luz se comprimen cuando una fuente de luz se mueve hacia nosotros y se expanden cuando la fuente se aleja, de la misma manera que ocurre con las ondas sonoras. El sonido de la sirena de una ambulancia se va apagando lentamente cuando ésta se aleja. Las frecuencias de la luz se manifiestan mediante el color: Las frecuencias más altas se perciben azules y las más bajas se ven rojas. El "corrimiento hacia el rojo" en la luz de las galaxias que nos rodean quiere decir que se están alejando de nosotros, que en nuestro rincón galáctico el Universo se está expandiendo 76. Hay, pues, en el rojo, una energía de desenvolvimiento, de vitalidad intrínseca.

Notas
71. El rojo (ahmar) es el color de lo que puede tostarse al sol (como la piel blanca) o de cuanto se le parezca, ya sea mineral, vegetal o animal. Según Ibrahim Albert su color de contraste es el negro (asuad), la sombra buscada por la vida para aparecer en el desierto.
72. El Ser esencial, la Realidad.
73. Sohravardi, Sihaboddin Yahia. El encuentro con el Ángel. Ed. Trotta. Madrid 2002.
74. Qalb, en árabe, quiere decir corazón, pero no el órgano físico sino el núcleo más profundo del ser humano consciente. En el hinduismo, este centro sutil cordial se denomina chakra anahata pero, a diferencia de la visión de los ishraquiyún, es de color verde.
75. Kandinsky, Vasili. De lo espiritual en el arte. Barral editores. Barcelona 1981. Pág. 88.
76. Esta ley fue formulada en 1842 por Christian Doppler en una monografía titulada "Sobre el color de la luz en estrellas binarias y otros astros"


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