Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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martes, 17 de enero de 2012

El rechazo islámico del ritualismo.



Islam para ateos (ed. Palmart), capítulo 15
Autor: Abdelmumin Aya


El ritualismo es uno de los efectos de la manipulación de los caminos espirituales por parte de las autoridades eclesiásticas. Significa la reducción de la vida espiritual a determinados actos que han sido declarados “sagrados”. El ritualismo significa el arrinconamiento de la experiencia de lo sagrado y la perversión de un auténtico compromiso de sumisión a lo real.

Nuestro punto de vista es rechazar todo lo que haga de Allâh o del ser humano un esperpento. Y hemos comprobado que la concreción exclusivista en el rito de la experiencia del encuentro con lo divino aliena al hombre y lo convierte en un personaje ridículo, que acaba abandonando la vida por la realización obsesiva de unos gestos automáticos que lo trasforman a ojos de la mayoría en un fantasma, en una sombra de lo humano. Pero esto no quiere decir que el rito no sea un acto imprescindible y de extraordinaria fecundidad para el ser humano.

Éste es uno de los claros puntos de falta de acuerdo entre el ateo y el musulmán. El musulmán hace su ‘ibâda que es extraña al ateo y luego habla de lo que experimenta...

Para nosotros, los musulmanes, existen actos cuya eficacia está en que desconozcamos su eficacia. Son nuestros ritos: gestos precisos y repetidos según un ritmo prefijado, gestos aprendidos directamente de los que han vivido el universo de lo no-visto y lo han trasmitido para que pongamos en actividad su repercusión cósmica. Puede decirse que el rito es una acción extraña desde el punto de vista de lo natural, pero es un “extrañamiento” de las acciones por Allâh, es decir, una imitación de las formas de los que han vivido algo del malakût. Estamos acostumbrados a los actos respecto de los que sabemos con qué nos están conectando: el comer con la comida, etc.; en este sentido, la ‘ibâda que vive el creyente es desconcertante e injustificable para el ateo. Porque la ‘ibâda del musulmán no necesita justificación. Está dotada de una explicación automática para aquel que la pone en práctica. Desde luego que sólo con la ‘ibâda no se penetra en el corazón de las cosas, pero nos ponemos al filo del mismo.

Justificar nuestra ‘ibâda es imposible, pero, como somos musulmanes, nos podemos permitir intentar lo imposible. Así pues, declaremos que, ante todo, nosotros no separamos un lugar sagrado, un tiempo sagrado y acciones sagradas para declarar profano lo que quede fuera, sino para adiestrarnos en la presencia de lo sagrado, con idea de irlo ampliando hacia fuera. Nunca lo que no era “sagrado” fue “profano” en el mundo tradicional; eran en todo caso, lugares, momentos y acciones “sacralizables”. La división sagrado-profano es la consagración del orden de ideas que relega lo sagrado al rincón de la privacidad. Para el musulmán el objetivo es hacer de todo su día, de todos los lugares, de todas las acciones, Islam, aceptación de lo real.

La necesidad de “forzar las cosas” y emplear el rito nos viene de que no siempre nuestro corazón es de las mismas dimensiones que nuestra nafs, nuestra sensibilidad pareja a los impulsos de nuestra naturaleza y nuestra fuerza mayor que la de la sociedad que nos aliena y reprime. Los ritos son las plazas fuertes dentro de la vida corriente con las que vamos conquistando territorio de cotidianidad para lo sagrado. Es un ejercicio de atención absoluta en medio de lo cotidiano. Lo fundamental es la absoluta presencia de tu intención en tu salâ y el resto de los ritos. El rito es, para nosotros, parte de la naturaleza humana y es con ellos con los que nos conseguimos humanizar cada vez más.

La finalidad de nuestro camino espiritual no es acabar eliminando el rito, sino, muy al contrario, ampliar el rito a absolutamente todos nuestros actos. La ‘ibâda es el reconocimiento existencial de Allâh; no la ritualización de la vida ni la aceptación racional de Dios. Todo es ‘ibâda: cuidar la familia es ‘ibâda, el estudio es ‘ibâda, el trabajo es ‘ibâda... El Islam es para el musulmán la vida misma. El que se somete a Allâh no busca consuelo ni ser satisfecho con el Islam. Cumple con el Islam como cumple con la vida. Con cada uno de sus actos, el musulmán penetra en el malakût para recibir en él la bendición gratificante de la presencia más viva de Allâh. Por el hecho de hacer el menor acto de los que le han sido enseñados por los trasmisores del Islam, el musulmán actualiza en sí mismo ese sentido de la trascendencia que lo sume en el fundamento de su ser. Somos más que seres sensibles e inteligentes; somos seres estructurados para la adoración.

La cuestión de por qué no irnos al campo, vivir en fitra y abandonar los ritos es recurrente entre los musulmanes nuevos. Por una parte, la fitra humana -como ya ha quedado dicho- no pertenece a nuestro pasado animal sino a nuestro futuro humano, y para construir esta naturaleza propia de lo humano debemos apoyarnos en estos gestos de trascendencia cósmica. Por otra parte, la naturaleza es el lugar del encuentro por antonomasia con Allâh; pero es desencuentro con los hombres. Y esto es muy importante. Como ya fue dicho en su momento, el Islam es un estado de sociedad, y la construcción de la fitra precisa del grupo social. El creyente debe ser, por supuesto, un hombre sano; hallarse en estado de naturaleza. Pero si además estudia lo que pueda de lo que ha acumulado el conocimiento humano en general, y las ciencias islámicas en particular, será luminoso para los demás. Por eso no sirve la simple huida al campo donde experimentamos a nuestro Señor sin interferencias pero nos desconectamos de la sociedad. Nuestra experiencia debe ser comunicable para ser verdadera.

Somos inflexibles en nuestro diálogo con nuestros queridos ateos respecto a la necesidad de estos actos especiales de la vida del ser humano, porque tenemos la experiencia que estas acciones precisas tienen unas consecuencias inimaginables a la hora de abrir cerraduras invisibles en esa parte del mundo de lo real que el ateo dice no experimentar, y, a pesar de nuestra obstinación en la defensa de los ritos, el ateo no se sentirá distante de nosotros al oirnos declarar que el musulmán no debe caer en el ritualismo: debe huir de todo lo que sea obsesivo en su vida espiritual, debe no permitir que su ‘ibâda esté por encima de la relación humana, debe dejar de tener la ‘ibâda como un logro personal, debe evitar depender de su salâ o de su çakâ, etc, entregándose únicamente a la fuerza de Allâh que lo lleva a cumplir su ‘ibâda. Porque no eres tú el que haces salât a Allâh. Es Allâh el que hace la salât en ti. Las prácticas de la ‘ibâda conducen al mu’min hacia Allâh como medio de llegar al corazón palpitante de las cosas... ¿Cómo? Dándole como soporte todo tu ser, tu acción. Tú te entregas en tu salâ pero no te lo apropias, no lo exhibes como una distinción ante los hombres ni te vistes de mérito ante Allâh por cumplirlo, como no lo hace el sol por salir al alba.

http://www.webislam.com/articulos/67258-el_rechazo_islamico_del_ritualismo.html