Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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domingo, 16 de enero de 2011

Los musulmanes en la sociedad de consumo.

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Abdelkader Mohamed Alí (Foto: Webislam).

Probablemente uno de los más lúcidos análisis que se han hecho sobre la sociedad de consumo es el que realizara el filósofo y sociólogo francés, ya fallecido, Jean Baudrillard. Concretamente en su libro “La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras” (Editorial S.XXI), es, quizás, donde mejor retrata la sociedad de la opulencia de los años setenta cuya proyección, sin duda, nos alcanza. En este libro analiza la relación del hombre con los objetos en la sociedad de consumo en la que hoy hemos ‘avanzado’ exponencialmente. Una sociedad o civilización de consumo en la que los medios de comunicación tienen una función determinante, especialmente la televisión y el cine, porque son los que se encargan de urdir el simulacro de la realidad, es decir una realidad virtual.

La realidad propiamente dicha no existe, todo son apariencias. Y el consumo de objetos es prácticamente el fundamento de las relaciones sociales. Más que ciudadano, se es consumidor, ya que el consumo jerarquiza las relaciones sociales. En función de lo que se consume se es clasificado. Los objetos y su valor determinan la posición social del consumidor, de ahí el concepto de Baudrillard “la seducción de los objetos”. Es cuando se llega a un estado de conciencia, según este pensador, que no es capaz de distinguir la realidad de la fantasía. Todo devine en simulacro permanente.

En este sentido y dada la teatralidad de la vida social, queremos ser para los demás, por lo que nuestra realidad tiene que ver desde la mirada del otro, es un “Gran Hermano” indefinido, así que la vida es meramente apariencia a través de esa ostentación. En definitiva, el consumo termina siendo, a decir de Baudrillard, “un proceso social no racional”. La sociedad de consumo siendo hoy por hoy, la cumbre del capitalismo desmedido, supone también el cenit de la manipulación al reglamentar la vida individual y social. En el imperio de la seducción y del consumo, todo es ilusión al servicio de los grandes capitales. Todo es apariencia, estética, la realidad está asesinada.

Toda esta cultura del consumo, de lo ornamental, de la apariencia…, obviamente gira entorno al individualismo exacerbado. Este individualismo da prioridad absoluta a las satisfacciones propias a expensas de los otros si es preciso. El egoísmo, la competitividad y el hedonismo se imponen irremediablemente.
Lamentablemente estos valores, que son el paradigma de occidente, ya prácticamente han invadido todos los ámbitos, todos los rincones del mundo, infiltrando a todas las culturas o civilizaciones.

Estos procesos culturales y de manipulación de la sociedad global se han ido imponiendo en muchos casos casi subrepticiamente, a través de un proceso inexorable de penetración, fragmentando la sociedad. Obsérvese los cambios tremendos que han sufrido en su comportamiento cultural los pueblos cercanos a nuestra ciudad, en el vecino país, aun siendo poblados remotos, allá en las montañas y casi aislados. Sin embargo, poco tiene que ver lo que es actualmente con lo era esa cultura de la hospitalidad, la generosidad, la entrega desinteresada al visitante.

A Dios gracias, quedan muchas reminiscencias y hábitos mentales porque pervive aun el Islam en sus conciencias y corazones, y obviamente en su práctica confesional. Pero el vendaval de la globalización, su penetrante perversión, no perdona. La progresiva individuación originada por la invención de nuevas necesidades antes inexistentes, han dado paso a la cultura del consumo. Se han impuesto nuevos modelos y apetencias artificiales desconocidas. El fenómeno del consumo crea hábitos miméticos, pero sobre todo, impone relaciones de dominación.

Una de las cosas que más llama la atención a cualquier peregrino observador al visitar por primera vez Masyid al-Haram Sharif (la mezquita sagrada) en Meca es la cantidad desmedida de establecimientos comerciales, ultramodernos, incitadores al consumo, que circundan esta sagrada mezquita. Allí se puede ver toda clase de fast food de cadenas americanas, , Kentucky Fried Chicken, , etc. Locales de subastas de objetos de oropel a precios prohibitivos,... Pero sobre todo, cómo el lujo y el confort se exaltan animosamente. Hoteles de no sé cuantas estrellas cuyo alojamiento supone un desembolso cuantioso de dólares, con todos los lujos que demandan los peregrinos adinerados. Si esto ocurre a las puertas de la mezquita sagrada en Meca, huelga comentar el grado de penetración de la filosofía del consumo entre el resto de musulmanes del mundo. Y qué decir de los musulmanes de Melilla, donde las desviaciones perversivas del consumo alcanzan cotas sorprendentes.

Una reflexión mínimamente coherente, objetiva, necesariamente nos llevaría a la conclusión de que los musulmanes estamos bien lejos del espíritu que envuelve la idiosincrasia del Islam. Hemos ido haciendo con el paso del tiempo y la implantación inexorable de valores ajenos a nuestra esencia, un híbrido que poco tiene que ver con lo original del Islam. Importa más el consumo y sus pautas de comportamiento que lo que supuestamente somos. Si el vecino celebró la boda de su hija a todo lo grande, la próxima fiesta del vecino contiguo la intentará superar con un despliegue superior y escandalosos derroches, aunque para ello suponga hipotecarse de por vida.

En un contexto en el que todo depende del dinero no hay el más mínimo interés en los beneficios de la ética. El consumo compulsivo, la necesidad de tener y superar a los demás, la falta de pensamiento crítico, son la evidencia clara de la grave crisis de la sociedad en la que vivimos. En verdad no hemos comprendido nada sustancial sobre los fines últimos de la vida, al menos desde la perspectiva del Islam. Y no es que el Islam esté reñido con el “bien” vivir, sino en que en el equilibrio está la virtud.

Sinceramente, cada vez que uno se acerca a pensadores tan insignes como Muhammad al-Ghazzali a través de la lectura, es difícil escapar a la sensación de tristeza por cuanto uno percibe la lejanía en la que andamos inmersos los musulmanes de nuestras fuentes doctrinales. Grosso modo, nos viene a decir al-Ghazzali, –posiblemente el más grande de los pensadores del Islam–, en su obra magna “La vivificación de las Ciencias del Din” que no es suficiente con estar alerta contra las cosas ilícitas y prohibidas en el Islam, al fin y al cabo están perfectamente identificadas.

El buen musulmán habría de ir más allá y extremar las precauciones con las cosas lícitas y permisivas. Lo lícito cuando es mal instrumentalizado deriva en manifiesta y reprobable ilicitud. Y dice literalmente en otro texto: “Has de saber que la hipocresía nace cuando se atribuye excesiva importancia a los hombres…”. Pues, qué decir queda cuando todo nuestro comportamiento, en esta sociedad de consumo alocado, tiene principalmente una proyección hacia los demás en competencia permanente por superar lo que otro tiene, ostenta o aparenta.

De que muchos musulmanes estamos lejos de lo que nos indican nuestras referencias doctrinales, es más que evidente, pero lo peor aún es que muchos ni siquiera se percatan de ello, creyendo incluso que son intachables devotos. Y no me refiero a esos países musulmanes que desde el poder se instrumentaliza el Islam para sus objetivos políticos, que en la práctica lo hacen todos. Sino a esa sociedad, supuestamente islámica, que cree estar correctamente encaminada. Ostentación, consumo disparatado, modales ajenos y opuestos al islam y todo un cúmulo de comportamientos ‘extraños’ rigen sus vidas. Curiosamente, de esto en Melilla, lamentablemente, los musulmanes acumulamos sobradas experiencias.

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