Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.




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domingo, 31 de enero de 2010

El descrédito de los ulemas oficiales.

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El islam anterior al Islam (Oozebap 2007)

Capítulo tercero del libro "El islam anterior al Islam" (ed. Oozebap) de Abdennur Prado

Entiendo por «ulemas oficiales» todos aquellos vinculados a instituciones y organismos relacionados con gobiernos, movimientos políticos, grupos de presión o estados: consejos de ulemas, ministerios de asuntos religiosos, muftis nacionales, imames de grandes mezquitas y rectores y demás altos cargos de universidades islámicas. Al hablar de su descrédito, constatamos que muchos de los organismos o personas mencionados han perdido su autoridad sobre gran parte de los musulmanes, y como esta pérdida de influencia va en aumento. No cabe la menor duda de que en todos los organismos e instituciones mencionados hay gente de conocimiento, cuyo magisterio y servicio a la comunidad merece el máximo respeto, pero por desgracia, ciertas posiciones de algunos de estos «ulemas oficiales» acaban connotando al resto, provocando la desconfianza hacia las instituciones religiosas en el conjunto de los musulmanes. En el presente texto, trataremos de analizar el alcance de este descrédito, sus causas y sus consecuencias. Antes, es necesario comprender cuál es la posición que ocupan (que deberían ocupar) los ulemas dentro de la tradición islámica.

La palabra ulema es el plural de alim: sabio, poseedor de ‘ilm, ciencia o conocimiento. La transmisión del saber es fundamental en una sociedad tradicional. Si la práctica básica de los pilares del islam se transmite en la familia, un conocimiento más profundo de la tradición debe lograrse mediante una búsqueda que abarca toda la vida del creyente. Muhammad dijo: «La búsqueda del conocimiento es una obligación para todo musulmán y musulmana». Esta cita incluye el conocimiento del Corán, de la Sunna y del Fiqh, necesario para vivir como musulmán y musulmana. A lo largo de la vida de un creyente, nuevas situaciones le conducen a cuestionarse sobre los más diversos temas: la sexualidad, el aborto, la usura, los problemas conyugales, el trato con nuestros semejantes, cómo responder a la violencia, como entender el pluralismo religioso. La ciencia tradicional ha elaborado respuestas a las mil y una situaciones que puedan presentarse, en base a las enseñanzas del islam. Dado que las circunstancias cambian constantemente, también se hace necesario contextualizar estas respuestas. Aunque sería lo ideal, es evidente que no todos los musulmanes pueden dedicar el tiempo necesario a la tarea de buscar respuestas a todas las preguntas. Así, llamamos ulema a aquellos que han dedicado sus vidas al estudio del Corán, de la Sunna y de la sharia y se encargan de la transmisión de este saber.

Los ulemas son una parte esencial de la umma en la medida en que su saber tiene como fin el ayudar a otros creyentes. Los ulemas están ahí para despejar las dudas que se les presentan a los musulmanes en su vida cotidiana, para ayudarles en su propia búsqueda de lo mejor. Es importante tener claro que los ulemas no constituyen una jerarquía ni son designados por nadie. Un alim lo es por poseer conocimiento, que pone al servicio de la comunidad, y no por poseer un título universitario o por estar al frente de una institución. La propia expresión «ulemas oficiales» resulta chocante. No se puede ser sabio por decreto, por designación ministerial. Si miramos a la historia, nos damos cuenta de que muchos de los ulemas hoy en día aceptados como referentes tuvieron problemas con el poder. Esto es notorio en el caso de grandes alfaquíes como Iman Malik, Ahmad ibn Hanbal, ibn Hazm, ibn Rushd o ibn Taymiyah.

Sólo teniendo en cuenta esto puede valorarse el alcance del descrédito de los ulemas oficiales y las consecuencias desestructurantes que este descrédito tiene para las comunidades musulmanas. Si reconocemos que su papel es tan importante, ¿por qué los musulmanes dan la espalda a los ulemas oficiales? Al margen de otras consideraciones (relacionadas con el advenimiento de la modernidad y la ruptura con el modelo tradicional de transmisión del saber), hay que atribuir las causas de este descrédito a los propios ulemas. Señalamos dos motivos principales: pobreza intelectual y connivencia con el poder.

La pobreza intelectual de los ulemas oficiales adquiere tintes trágicos cuando hablamos de alfaquíes y de muftis al servicio de regímenes totalitarios. Nos encontramos con sentencias y consideraciones jurídicas terribles. Algunos de estos casos son tristemente célebres: condenas por apostasía en Egipto, muerte de homosexuales en Irán, sentencias a morir lapidadas a mujeres en Nigeria, cortes de manos a niños pobres por robar una manzana. Otros casos menos conocidos no son menos bochornosos, como los casos de violaciones en Pakistán, en los cuales la mujer acaba siendo castigada por un delito de fornicación por no poder reunir a cuatro testigos presenciales de su violación. La violencia doméstica contra las mujeres no es más acuciante en los países de mayoría musulmana que en Europa. La diferencia estriba en que mientras en Europa es combatida desde las instituciones, en el mundo islámico podemos encontrar una sentencia como la del Tribunal Supremo de Emiratos Árabes Unidos, según la cual el marido tiene derecho a golpear a su mujer siempre que no le rompa un hueso. Por supuesto esto no es la norma, sino una anomalía, y no hace falta decir que en la mayoría de los países de población musulmana los malos tratos son un delito severamente castigado. Sin embargo, una sentencia de este tipo nos enfrenta a la existencia de jueces cuya visión del islam puede ser calificada como oscurantista.

Los ejemplos son muchos y muy graves. Este tipo de decisiones judiciales, al margen de la injusticia que representan, conduce inexorablemente al descrédito de la sharia en su conjunto, tanto entre los no musulmanes como entre los propios musulmanes. Existe a este respecto una fuerte coacción por parte de esta clase de clérigos, consistente en hacer creer a los musulmanes que este tipo de legislaciones forman parte de la «ley de Dios», cuando en realidad se trata de construcciones jurídicas realizadas por juristas medievales y que difícilmente encuentran apoyo en el Corán o en el ejemplo del Profeta. Sin embargo, ante esta evidencia los ulemas oficiales responden con el dedo acusador: todos aquellos que criticamos sus sentencias somos acusados de ser enemigos del islam y de tratar de desarticular la sharia, la ley divina, aquello que ha sido prescrito por Dios como un deber ineludible. Personalmente, he sido calificado como kafir, hereje, descreído, incrédulo, etc., tan sólo por afirmar que la lapidación no está prescrita en el Corán, o que el delito en caso de apostasía va contra el principio de la libertad de conciencia establecido en el Corán y validado por el ejemplo de Muhámmad, que la paz y la salat de Dios sean sobre él.

El discurso que confunde la sharia (ley divina) con el fiqh (creación humana) contribuye a mantener a los países de mayoría musulmana en el atraso, siempre invocando el nombre del islam. Hoy en día, cuando se habla de la presencia de la «ley islámica» en la Constitución de algún país, los propios musulmanes nos ponemos a temblar. Raramente esto implica la prohibición del préstamo con interés, el establecimiento de la libertad de conciencia, de la justicia social y de la igualdad de género, todo ello garantizado en el Corán. Generalmente, bajo el epígrafe «ley islámica» podemos esperar la inclusión de códigos de familia machistas, de algunos castigos retrógrados y de una moralina hipócrita y reaccionaria. Todo esto explica que los ulemas oficiales sean vistos, en su conjunto, con enojo y hasta con desprecio por millones de creyentes.

El efecto devastador de sus discursos se hace patente en miles de fatuas que circulan por Internet sobre los más diversos temas. Ya hemos señalado la importancia que la transmisión del saber posee en el mundo islámico, el papel fundamental que juegan los ulemas en la configuración de las sociedades musulmanas. ¿Qué es el Corán, qué es la Sunna, qué nos dice Dios a través de Su Palabra, qué quiere de nosotros? Muchos musulmanes buscan una respuesta unívoca, un recetario que les saque de sus tribulaciones, que ahuyente la discordia y elimine sus dudas. ¿Quién ha de responder a nuestras preguntas cotidianas, cuando éstas afectan a la práctica del islam? El desconcierto entre los musulmanes es enorme, enfrentados a un aparato institucional incapaz de cumplir con su misión de transmitir conocimiento, y cuyas respuestas hacen inviable la vida del musulmán (y sobre todo de la musulmana) en el contexto de las sociedades plurales del siglo XXI.

Queremos citar algunas de estas fatuas, para clarificar hasta qué punto estos ulemas se han desconectado de la vida de los más de mil quinientos millones de musulmanes en el mundo y cómo su única preocupación es mantener en pie su status quo. Los puntos más repetidos afectan a la inferioridad de la mujer, el rechazo de otras religiones y la insistencia en la aplicación literal de las penas establecidas por los juristas del período abbasida. Cualquier intento de contextualizar el mensaje del islam en las sociedades del siglo XXI es demonizado como una desviación o una innovación y en casos extremos es saldado con un takfir: declaración de kufur o incredulidad.

Muchas de las fatuas que pueden encontrarse en Internet nos muestran a gente corriente buscando respuestas a cuestiones cotidianas y que se encuentran con un muro de preceptos imposibles de aplicar sin destruir su vida. Por ejemplo: una musulmana occidental escribe preguntando sobre si puede dar la mano a los hombres en el trabajo y recibe la advertencia de que mezclarse con hombres es haram, más si no son musulmanes, y se le aconseja que abandone su trabajo y que «emigre a un país islámico» (se supone que se refiere a Arabia Saudí, lugar de la respuesta).

En otro caso, un joven musulmán pregunta si le está permitido contribuir a la compra de un pastel y a los preparativos de la boda de una pareja de no musulmanes. La pregunta ya es en sí mismo extraña, pero la respuesta supera toda expectativa: no hay nada malo en ayudar a la boda, pero no es aconsejable contribuir económicamente y es haram malgastar el dinero en favorecer el haram. No es conveniente el asistir a la ceremonia, ya que en este tipo de celebraciones suelen darse cosas prohibidas: alcohol, mujeres semidesnudas, bailes lascivos, hombres y mujeres en la misma sala. Como remate, nuestro alim advierte al joven incauto de que no está permitido tomar a un no musulmán como amigo y que es haram sentir amor hacia no musulmanes.

En un tercer caso, tenemos a un joven taxista palestino emigrado a los Estados Unidos, casado y con dos hijos. Sus dudas se centran en el hecho de que a menudo se ve obligado a llevar a pasajeros borrachos. La respuesta: está prohibido para un musulmán transportar alcohol, está prohibido transportar a pecadores o a gente depravada a los lugares de diversión donde cometen sus pecados. Hacerlo es considerado cooperación con el pecado y será una mala cosa en el Día del Juicio. Así pues, se supone que el joven taxista tendrá que rechazar cualquier pasajero que haya bebido alcohol o que se dirija a un local nocturno. Al final de su fatua, y casi como una burla, el supuesto alim suplica a Dios que le dé al taxista los mejores clientes, de modo que pueda ganarse la vida honradamente. Nos imaginamos las nuevas dudas del joven palestino, sus tribulaciones a la hora de coger pasaje… Alarmado por la fatua anterior, otro usuario pregunta: «Soy chófer de una empresa, y a menudo mis jefes me piden que les lleve a lugares donde se sirve alcohol, ¿qué hago?». Respuesta: «Si verdaderamente eres musulmán, no debes llevarlos. ¡Teme a Al-lâh y el Último Día!». Al final, parece claro que ser taxista y ser musulmán es incompatible.

En otra consulta al mismo servicio de fatuas on-line, una mujer que trabaja en el servicio de limpieza de un hotel está preocupada porque a menudo tiene que recoger copas donde se ha bebido alcohol y limpiar habitaciones donde se ha cometido fornicación. El mufti contesta que si en ese hotel se vende alcohol o se produce cualquier actividad pecaminosa, tiene que dejar de trabajar allí. Llegamos a la conclusión de que cualquier trabajo en el sector servicios está vedado para los musulmanes. Conclusión de gran alcance, ya que un gran número de los musulmanes inmigrantes en occidente trabajan en este sector.

En todos estos casos nos encontramos con musulmanes poco versados en el islam, que tienen vidas normales en un contexto plural: trabajo y amistades que les ponen en relación cotidiana con gentes de otras religiones y costumbres. Se presentan dudas concretas sobre detalles de la vida cotidiana, que revelan una preocupación algo enfermiza por vivir de acuerdo a los principios del islam. Las respuestas son demoledoras: deja el trabajo y emigra, rechaza a tus amigos, gánate la vida de forma decente. No podemos calcular el efecto de estas fatuas. Esta clase de clérigos parece parlotear sin darse cuenta del sentido que tienen las palabras. La facilidad con la que emiten sus sentencias nos hace pensar que buscan la destrucción del otro. Parecen cegados por el poder que les ha sido otorgado, la posibilidad de incidir en la vida de las gentes. En cualquier caso, la violencia ideológica de estas fatuas es incalculable, como lo es el daño que causan.

El lenguaje tremendista abunda, la amenaza del infierno como una constante que pretende coaccionar a los internautas a la obediencia a consejos verdaderamente difíciles de seguir. El problema aumenta cuando estos mismos mensajes son repetidos por algunos imames de las mezquitas que proliferan en occidente, formados en muchas ocasiones en los mismos esquemas mentales, en la misma visión idealizada (esencialista) del islam, y que tratan de preservar la pureza de las comunidades ante toda contaminación externa. Todo esto tiende a crear un clima enrarecido. Jóvenes que tratan de vivir el islam sinceramente se ven arrastrados hacia actitudes cerriles y sectarias. Mientras más aumentan sus ansias de saber, más se van impregnando de este cerrojo-pensamiento. Este tipo de discursos pueden llegar a calar entre grupos de musulmanes excluidos de la sociedad, y cuyo rencor hacia todo lo occidental los predispone a la aceptación de todo aquello que implique una ruptura. La memoria de la colonización, la islamofobia y la falta de reconocimiento de los derechos de los musulmanes en occidente favorece las actitudes reactivas. Ante la marginación y los discursos hipócritas sobre las bondades de la democracia y la sociedad del bienestar, muchos jóvenes necesitan vivir el islam como lo contrario a todo lo que viene de occidente, y estos clérigos e imames les ofrecen un modelo.

En la mayoría de los casos, se trata de fatuas emitidas desde los feudos del pensamiento árabe reaccionario. Los ulemas encargados de dar respuestas desconocen todo de los contextos en los cuales se formulan las preguntas. En concreto, la consulta al taxista palestino es contestada desde Qatar, por un mufti que vive en un país donde el alcohol está prácticamente ausente (excepto en las fiestas privadas de los jeques) y dónde la mujer es invisible (¡excepto en las fiestas privadas de los jeques!). Al mufti en cuestión no sabe ni parece preocuparle lo que implica emigrar de Palestina a los Estados Unidos, ni lo difícil que puede ser para ese joven el encontrar un trabajo estable para mantener a su familia. Así, el abismo entre estos ulemas reaccionarios y los creyentes consultantes parece insalvable.

Este abismo es sumamente grave. Implica la desarticulación del «conocimiento espiritual» como un servicio a la comunidad, e instaura el «saber religioso» como un instrumento de control ideológico. Los ulemas reaccionarios permanecen anclados en un islam arcaico que nada tiene que ver con el presente. Una mujer pregunta sobre la licitud de los métodos anticonceptivos y recibe la siguiente respuesta: el coitus interruptus es lícito con la propia esposa siempre que ella dé su consentimiento. Con las esclavas no es necesario su consentimiento, ni para practicar sexo ni para el coitus interruptus. Esta es la respuesta de Shaij Abu 'Abdullaah ibn 'Uthaymeen, profesor de la Universidad Islámica Imam Muhammad ibn Sa'ud y miembro hasta su muerte en el 2001 del Consejo de Grandes Ulemas de Arabia Saudí.

La insistencia en la segregación de los sexos es una auténtica obsesión entre estos personajes y conduce a crear situaciones en verdad violentas. El director durante muchos años del Consejo de Grandes Ulemas de Arabia Saudí fue Shaykh 'Abdul-'Azeez Ibn 'Abdullaah Ibn 'Abdur-Rahmaan Ibn Baaz,[ ] tomado como referente por miles de musulmanes en las últimas décadas del siglo XX. A la pregunta de un universitario sobre si le está permitido devolver el saludo a sus compañeras, ofrece la siguiente respuesta: te está permitido devolverles el saludo, siempre que sea realizado con pudor, ellas vayan convenientemente vestidas y medie la suficiente distancia entre vosotros. Pero el hecho de estudiar en una misma universidad con mujeres es haram.

En otros casos, a la pregunta sobre el trabajo femenino, algunos presuntos ulemas como el Mufti Ebrahim Desai de Sudáfrica cortan por lo sano y declaran que, excepto en caso de necesidad extrema, a la mujer no le está permitido trabajar. Sería conveniente informarle de que el propio Muhámmad estuvo casado durante 25 años con una mujer trabajadora, de la cual era empleado. Pero el problema es otro: el mismo mufti declara en una extraña fatua que la mujer sufre un grado de desequilibrio en su naturaleza, ya que fue creada de una costilla de Adán, paz y bendiciones. Este desequilibrio se muestra en su ingratitud hacia su marido y en la ligereza con la cual maldice a aquellos que hieren sus sentimientos. Según el mufti, el marido debe ser paciente y cuidadoso con ella, para que este desequilibrio de la naturaleza de la mujer no aflore. Y añade: «Esto ha sido repetidamente confirmado a través de la experiencia». Así, a través de su excéntrica respuesta, el mufti no logra responder a la inquietud del consultante, pero nos ofrece un cuadro lamentable de sus relaciones conyugales.

En otra fatua realiza una larga parrafada contra el sexo oral, basando su prohibición en un hadiz donde el profeta dijo: «Realmente, vuestras bocas son caminos para el Corán, así que purificar vuestras bocas con Miswaak (una especie de cepillo de dientes)». La argumentación de Ebrahim Desai es la siguiente: si la boca es un instrumento para la recitación de la Palabra de Al-lâh, ¿cómo vamos a utilizarla para el sexo?

Una constante de este tipo de ulemas es la del puritanismo extremo, realmente poco acorde con el ejemplo del profeta Muhámmad. El Shaij Rashar Hasán Jalil, ex rector de la Facultad de la Sharia de la Universidad de Al Azhar, desató en el año 2006 una estéril polémica al declarar que estar completamente desnudo durante el acto sexual invalida el matrimonio. Esta opinión fue contestada por el director del comité de fatuas de Al Azhar, Abdal-lâh Megawer, según el cual los esposos pueden mirarse cuando están desnudos siempre que aparten la vista de los órganos sexuales. Por eso les recomienda que hagan el amor cubiertos por una sábana. Ante este tipo de mentalidades, es comprensible que el islam haya pasado de ser considerado como una religión lasciva (esta era una acusación recurrente desde la cristiandad durante siglos) a ser considerado puritano (esta es una opinión muy extendida hoy en día). Por supuesto la gente normal solo puede reírse de semejantes discusiones.

Sobre el control de la natalidad, el Consejo de Grandes Ulemas de Arabia Saudí determinó en su momento que era ilícito tomar píldoras anticonceptivas, ya que la nación musulmana necesita crecer en número para poder defenderse de los complots que lanzan contra ella los enemigos del islam. Lo que no nos aclaran es que pueden hacer las masas de musulmanes hambrientos y vociferantes contra la tecnología militar americana, ni lo extraño de que estos enemigos del islam sean aliados y sostenedores del propio régimen saudí, en cuyo suelo tienen bases militares desde las cuales preparan invasiones de países de población mayoritariamente musulmana.

Otra constante en estas fatuas es la de calificar de incrédulos, desviados, herejes, innovadores o no musulmanes a los seguidores de determinadas corrientes dentro del islam. Una musulmana pregunta si le es lícito casarse con un shía. Respuesta: los sunníes y los chiítas tienen creencias diferentes. Los chiítas se han situado fuera del islam. Está prohibido amarlos y por tanto debes mantenerte lo más alejada posible de esta gente. Un hombre explica que hizo una oración funeral sin darse cuenta de que el imam era Qadiani (o ahmadí). La respuesta: tienes que repetir las oraciones, ya que esta gente son kufar y está fuera del islam. De esta tendencia no se libra nadie. Hemos leído fatuas declarando kufur a prácticamente todas las corrientes del islam contemporáneo, desde las más liberales a las más conservadoras.

Muy significativo es el rechazo de muchos de estos presuntos sabios del pluralismo religioso, lo cual es muy difícil de justificar si uno se atiene al Mensaje del Corán, donde se dice que Dios ha enviado a sus mensajeros a todos los pueblos, y que el musulmán tiene la obligación de creer en la revelación coránica y en todas las revelaciones anteriores, sin hacer distinción entre los mensajeros de Dios, que la paz sea con ellos. A pesar de esto, para nuestros ulemas todas las religiones excepto el islam son kufar, y todos los seguidores de otras religiones son incrédulos condenados al infierno.

A veces la animadversión y el rechazo del diálogo interreligioso llegan a extremos casi cómicos. En un texto del ya citado ibn Baaz se afirma de forma tajante que todo aquel que no considere como incrédulos (o infieles) a los seguidores de otras religiones es él mismo un incrédulo, lo cual es muy grave, ya que incluye al propio Profeta Muhámmad. Hay otras muchas cosas que, según ibn Baaz, «anulan el islam de una persona»:

Esta categoría incluye a aquellos que consideran que algunas leyes penales del islam son inaplicables en nuestro tiempo, tales como el corte de manos para los ladrones o la lapidación de los adúlteros. Además, creer que uno puede referirse a legislaciones humanas para transacciones comerciales o negocios lo convierte a uno en no-creyente.

Esta declaración fue refrendada en los años 80 del siglo XX por el Comité Permanente de Fatuas del Reino de Arabia Saudí. Posteriormente, el mismo Comité emitió una fatua en la que se prohibía a los musulmanes el leer los libros sagrados de otras religiones, excepto en el caso de expertos religiosos (una vez más, los propios ulemas oficiales), y éstos sólo para refutarlos.

Entre estos ulemas reaccionarios, la judeofobia no es extraña. Como ejemplo de un análisis brillante, citamos la respuesta del saudí Salah Al-Munajid a una pregunta-queja sobre la educación islamófoba que reciben los niños en Israel, un asunto realmente preocupante. Respuesta: los musulmanes pueden enseñar a sus hijos a odiar a los judíos sin cometer una injusticia, porque los judíos son odiosos y enemigos de Dios. Pero si los judíos enseñan a sus hijos a odiar a los musulmanes están cometiendo una injusticia, porque el islam es la única religión legítima.

La pobreza intelectual de estos ulemas contrasta con lo que sentimos al acercarnos al ejemplo del Profeta. Todo lo que en Muhámmad era delicadeza, sensibilidad y servicio hacia sus semejantes, se ha convertido en odio e intolerancia hacia toda diferencia. Podemos leer una y otra vez las fatuas que en los últimos años han emitido organismos como el Consejo de Grandes Ulemas del Reino de Arabia Saudí. Hay notables excepciones, pero en líneas generales la misericordia brilla por su ausencia. El único criterio tomado en consideración es la aplicación rígida de unos preceptos que poco tienen que ver con el islam, convertidos en los ídolos de una religión totalitaria.

Una mirada desde fuera tiende a pensar que estos ulemas deben tener algo de razón, que son representantes válidos del islam, y que los que nos revelamos contra ellos no somos sino «modernistas influenciados por occidente». El hecho de que se revistan de ropajes y de títulos pomposos, de que muchos de ellos sean árabes, de que ocupen universidades de prestigiosa historia y los lugares sagrados del islam tiende a favorecer esta opinión. Sin embargo, debe quedar absolutamente claro que las opiniones que hemos vertido no tienen ningún fundamento en la tradición islámica, y que el wahabismo y el salafismo son corrientes modernistas que difícilmente encajan con el islam tradicional, y ya fueron denunciadas como innovaciones perniciosas por los propios ulemas oficiales del califato otomano. Por mi parte, el rechazo de estos pretendidos sabios no se basa en un intento de modernizar el islam, sino de vivir el islam como tradición primordial, aquí y ahora. Solo el conocimiento directo del Corán nos ofrece las claves para enfrentarnos a esta estructura de poder, el Quraish de nuestro tiempo.

Con todo, uno no puede dejar de preguntase: ¿cómo es posible esta transformación radical del islam en una seudo-religión que sólo se parece al islam que transmitió Muhámmad en sus aspectos más externos? ¿Qué bases tienen estos falsos ulemas para justificar todos los preceptos con los que nos inundan? En un texto brillante, Asma Barlas ha mostrado como funciona el pensamiento de estos ulemas reaccionarios (ella los llama conservadores). Citamos extractando su discurso:

Los musulmanes conservadores se han parapetado detrás del baluarte de la tradición, pasando directamente de cuestiones hermenéuticas a históricas. De este modo, rechazan, en el nombre de la tradición, nuevas lecturas del Corán, sobre todo si proceden de mujeres. La tradición se vuelve más importante que el texto y, en realidad, se utiliza para invalidarlo, puesto que se traslada la atención del Corán a los roles de género y las prácticas interpretativas tradicionales. Pero en cuanto alguien discrepa de esta construcción de la tradición y sostiene que la tradición también nos brinda el ejemplo de Umm Salama, la esposa del Profeta, quien le preguntó por qué el Corán no se dirigía a las mujeres cuando le fue revelado, y de Aysha, que narró más hadices sobre la vida del Profeta que ninguna otra persona, los conservadores se refugian en la razón y más concretamente en la «razón pública». Los conservadores salvaguardan las lecturas del Corán dominantes, así como su propia autoridad interpretativa pasando del texto a la tradición y a la razón (pública) sin prestar atención a las críticas dirigidas a ellos y sin abrir el texto, la tradición o la razón a la crítica.
Esta cadena de elisiones actúa también justamente en el sentido contrario y con los mismos resultados. De este modo, si alguien sostiene que la razón pública es una construcción social y refleja las relaciones de poder existentes en una sociedad determinada, o que las interpretaciones femeninas pueden ayudar a reenmarcar la razón pública y hacerla más inclusiva, los conservadores se escudan una vez más detrás de la tradición, concretamente detrás del artificio de un consenso público (iÿma) implícito, pero eternamente obligatorio, que se remonta a los primeros tiempos islámicos, esta vez sosteniendo que este consenso avala la legitimidad de la autoridad interpretativa masculina y sus lecturas del Corán y que no es correcto anularlo. Ahora, la tradición falsifica la razón y, una vez más, los conservadores pueden evitar afrontar las críticas femeninas del conocimiento religioso o sus lecturas del Corán.

Cuando no pueden evitar comentar estas lecturas, normalmente los conservadores las desacreditan acusando a sus autores de no utilizar metodologías tradicionales. Sin embargo, cuando alguien realiza una crítica de las metodologías tradicionales o propone otras nuevas, los conservadores vuelven a refugiarse en el texto, o más precisamente en la inmutabilidad del significado del texto que, según sostienen, confirma de una vez por todas la inferioridad de las mujeres, lo que convierte sus críticas del conocimiento producido por los hombres en irrelevantes. Así pues, se cierra el círculo y volvemos al lugar de partida, aunque esta vez desde la dirección contraria.

Esta estrategia se presenta como un muro infranqueable, donde las respuestas no tienen por objeto buscar la verdad sino defender los privilegios. Por ello no se entretiene en analizar los argumentos, sino en corroborar si el contenido se adapta o no a una visión previamente establecida. Las interpretaciones defendidas mediante estas estrategias son indefectiblemente las más reaccionarias y represivas. Siempre que los ulemas reaccionarios tienen que escoger entre dos opciones interpretativas, escogerán la que se corresponda a su concepción predeterminada del islam como una religión machista, legalista y totalitaria.

Es notable darse cuenta de que no existe ninguna coherencia interna en sus planteamientos ni se respeta una metodología básica. Por ejemplo: aunque debería estar claro que una aleya del Corán está por encima de un dicho del Profeta, en numerosas ocasiones no se duda en invertir la preferencia. Tomemos el caso del supuesto delito de apostasía, que los ulemas reaccionarios sostienen que debe castigarse con la muerte. Para justificar esta sentencia, se cita un hadiz narrado por ibn Abbas, según el cual el profeta dijo: «Es lícito derramar la sangre de alguien que abandona su religión», y se ignoran todas las aleyas coránicas que defienden la libertad de religión y de conciencia: «Y si tu Señor quisiera, creerían todos los que están en la tierra. ¿Acaso puedes tú obligar a los individuos a que sean creyentes?» (Corán 10: 99-100), además de las numerosas aleyas del Corán en las que se menciona a los apóstatas, sin prescribir ningún castigo. En el caso de que pongamos en duda la validez del hadiz en cuestión, los ulemas reaccionarios se remiten a la tradición jurídica, que ha aceptado el hadiz como auténtico y que ha prescrito la pena de muerte para los apóstatas. En este caso, la tradición sirve para anular la revelación.

Algo similar sucede con la lapidación por adulterio. A pesar de que existe una aleya que literalmente prescribe otro castigo para el caso de adulterio e incluso otra aleya que prescribe el perdón en caso de arrepentimiento, los ulemas reaccionarios se las ingenian para sostener que la lapidación es la pena correcta. En este caso, citan un hadiz de Omar ibn al-Jattab, según el cual la aleya que condenaba a morir lapidados a los adúlteros estaba en el Corán, a pesar de que hoy en día ha desaparecido. Los ulemas oficiales aceptan esto, aunque en otros contextos no se cansen de repetir que el Corán es la Palabra Eterna de Dios, que nos ha llegado inalterada hasta en sus últimos detalles, condenando como hereje a quien afirme lo contrario.

Nos encontramos ante una cadena de argumentos inconexos, presentados como un muro. Este muro no tiene ninguna consistencia, se desmorona ante un mínimo análisis. Y sin embargo, la repetición mecánica de consignas funciona como un ejercicio de hipnotismo, cegando los corazones y las mentes. Sólo una persona predispuesta a la obediencia ciega puede tragar con todo esto. Con ello, se pone de manifiesto que el pilar de todo este entramado es el de la presunta obligación de todo musulmán de obedecer a los propios ulemas oficiales, bajo el argumento del peligro de fragmentación que acecha a la comunidad de los creyentes. Y todo ello a pesar de que el propio Mensajero de Dios dijo: «La diversidad de opiniones es una misericordia de Al-lâh para la umma».

Tal y como señala Asma Barlas, el pensamiento de los clérigos conservadores actúa de modo ubicuo, como un ciclo de opresión del que resulta difícil escapar. Una de las tácticas más recurrentes para justificar la anulación de lo claramente establecido por Dios en el Corán es la doctrina de la abrogación, según la cual algunas partes del Corán abrogan otras. En base a esto, algún presunto Shaij puede permitirse afirmar que uno de los versículos más repetidos del Corán («No hay imposición en la religión», 2: 256) ha sido abrogada, y que por tanto el islam sí puede ser impuesto. En casos como este, se hace evidente el totalitarismo de estos supuestos sabios, quienes se sitúan a sí mismos por encima de Dios y cuyas interpretaciones chocan de forma radical con el Mensaje del Corán.

Dentro de las estrategias para justificar regulaciones no contenidas ni en el Corán ni en la Sunna, una de las más retorcidas es el principio de la prevención. Según esto, con el objeto de prevenir pecados, es posible justificar una ley que no tiene su base en el Corán ni en la Sunna. Este precepto se aplica para justificar la segregación de la mujer, incluyendo leyes discriminatorias ausentes en el Corán y en la Sunna y que de otro modo tendrían difícil explicación. Por ejemplo, la prohibición de conducir coches, vigente en Arabia Saudí, se justifica mediante el argumento de que para conducir hay que destaparse algo del rostro, lo cual es haram para nuestros alfaquíes. El mufti saudí Muhammad Kadwa declara: no hay nada que prohíba a la mujer el conducir conches; ahora bien, dado que el conducir implicaría la violación de los códigos de vestimenta impuestos por la sharia, hay que negarle este derecho (aquí, el código de vestimenta al que se alude es el niqab, que cubre todo el rostro). Y añade: todos conocemos las oportunidades de pecar que ofrecen los coches.

Dado que salir de casa puede conducir a la mujer a «cometer pecados», se la encierra. Para salir tendrá que hacerlo siempre con un acompañante masculino de su familia. A pesar de que el Corán afirma que hombres y mujeres son walis (protectores, allegados, íntimos) los unos de los otros, se ha instaurado la práctica de asignar una especie de guardián a las mujeres, llamado precisamente wali, quien debe velar por su castidad y su pureza, y sin cuyo consentimiento no pueden hacer nada. Aunque existe un hadiz que afirma: «No prohibáis a la mujer el acceso a la mezquita», se considera que es mejor prohibir el acceso de la mujer a la mezquita y mantenerla en casa para prevenir el pecado. Así, se establece una cadena de prohibiciones que no tienen fundamento en el Corán y que van claramente en contra del ejemplo de Muhámmad. Aquí, es el razonamiento deductivo el que anula el Corán y las tradiciones del Profeta. Mediante estos mecanismos, llega un momento en que nos damos cuenta de que el islam genuino que enseñó Muhámmad es literalmente destruido, sustituido por una religión que sólo se le parece en los ropajes, pero no en los contenidos.

La manipulación se extiende a los propios principios de la jurisprudencia, usul al-fiqh. El iÿtihâd (esfuerzo interpretativo, yihad del pensamiento) ha dejado de ser asociado a la libertad de conciencia, para convertirse en un derecho que ostentan en exclusiva los propios ulemas oficiales. Este es un elemento clave para la construcción del islam como religión controlada por el núcleo del pensamiento árabe reaccionario, y se encuentra incluso en pensadores tan avanzados como Tariq Ramadan, quien asume como suyas las restricciones establecidas por los ulemas reaccionarios.

La táctica es siempre la misma: afirmar que «sólo tiene derecho a hacer iÿtihâd quien conozca el árabe a fondo, quien haya estudiado ciencias del islam, quien conozca las circunstancias de la revelación de cada aleya…» Es decir: solo los «expertos religiosos», que han sido preparados para ello en determinadas universidades islámicas. La «apertura de la puerta del iÿtihâd» reclamada por todos los movimientos reformistas de los siglos XIX y XX, lejos de constituirse en un elemento de progreso, ha sido transformada en un elemento represivo. La libertad de interpretación reclamada en exclusiva por los propios ulemas reaccionarios les permite dictar aquellas fatuas que sean del agrado de los gobernantes. De ahí el completo fracaso del llamado reformismo musulmán, asociado ya definitivamente a las corrientes más reaccionarias: wahabismo, salafismo, ijwan al-muslimin, yama’at tablig, yama’at-e-islam...

También el concepto de iÿma[ ] (consenso de la comunidad) ha pasado a designar el «consenso de los juristas del pasado». Lo que de entrada se presenta como un principio democrático, la búsqueda del consenso entre todos los miembros de una comunidad interpretativa, es transformado en un instrumento de control ideológico. Por ejemplo: en el rechazo al imamato femenino ante hombres y mujeres, el argumento más repetido es el del supuesto consenso de los juristas en su contra. En este caso, se desplaza el derecho de una comunidad determinada a establecer el imamato según el consenso entre los miembros de dicha comunidad. Al mismo tiempo, se ignora conscientemente el hecho de que destacados ulemas y alfaquíes del período clásico consideraron el imamato femenino como perfectamente lícito. En concreto, para un musulmán español es importante saber que dos de los más grandes pensadores de al-Andalus (ibn ‘Arabi e Ibn Rushd) consideraron válido el imamato femenino ante hombres y mujeres.

La manipulación operada por estos ulemas reaccionarios es tan evidente y de tal magnitud que difícilmente se puede reconocer el islam en la religión que propagan con sus fatuas. Todo parecido se mantiene en lo externo, las barbas y ropajes que se supone son los mismos que los de la Arabia de hace quince siglos. Sólo que ellos viven en palacios de lujo, usan coches caros fabricados en occidente e invierten el dinero del petróleo en corporaciones norteamericanas. Es fácil decirle (en nombre de Dios) a un joven emigrante que deje su trabajo y se gane la vida honradamente cuando se vive de lamerle los pies a un príncipe obeso, todo envuelto con fórmulas rituales que les confiere la apariencia de hombres piadosos.

En este punto, no podemos sino recordar algunos de los hadices que nos hablan sobre la degeneración interna de la umma. El Profeta dijo:

Llegará para mi umma un tiempo de desgracias en el que los hombres acudirán a sus ulemas en busca de guía, pero los encontrarán como cerdos y monos.
(Kanzul Ammal)


Según un hadiz transmitido por Ali ibn Abu Talib (que Dios esté complacido con él), el Profeta dijo:

Pronto llegará un tiempo en el que del islam no quedará más que el simple nombre. Nada quedará del Corán salvo sus palabras. Las mezquitas estarán llenas de devotos, pero éstos quedarán privados de la orientación divina. Los ulemas de ese tiempo serán las peores criaturas bajo el cielo. La corrupción procederá de ellos, y a ellos volverá.
(Mishkat, Kitab al-Ilm)


Y todavía un tercer hadiz:

El santo profeta dijo: «Pronto desaparecerá del mundo la ciencia (‘ilm), hasta que ya no quede nadie que comprenda las palabras de sabiduría y la inteligencia (del Corán)». Sus seguidores le preguntaron como podía esto ocurrir, si el Corán estaba con ellos, y ellos lo entregarían a sus descendientes. El Profeta respondió: «¿Acaso los cristianos no tienen el Evangelio y la Torah? ¿Y qué provecho extraen de ellos?».
(Asad-ul-Ghabah)


No conozco las fuentes originales ni las cadenas de transmisión de estos tres hadices. En todo caso, sean o no auténticos dichos de Muhámmad, la paz y la salat de Dios sean con él, me parecen descripciones apropiadas de los ulemas a los que hacemos referencia.

Para ser justos, y como ya hemos dicho al principio, debemos repetir que esta crítica no se dirige a la totalidad de los ‘ulemas oficiales’, sino más bien a un núcleo duro del pensamiento árabo-musulmán contemporáneo, cuya onda expansiva se origina en Arabia Saudí y amenaza con intoxicar a todas las comunidades. Desde esta perspectiva, se comprende que mientras más nos alejemos (ideológica y geográficamente) de este núcleo duro saudí, más recuperamos la confianza en el papel tradicional de los ulemas. Ejemplos notables de ulemas al servicio de las comunidades de base los encontramos en el África negra, en Malasia e Indonesia, donde se encuentran la mayoría de los verdaderos sabios del islam actualmente. Sabios que malviven rodeados de baraka en situaciones semi clandestinas, ocultos en los velos de la rahma de Dios.

Mientas, los falsos ulemas legajistas se aposentan en las cátedras de la ignorancia, esperando el día en que Dios les abra las puertas del infierno.
Quien esto escribe es un musulmán español, llegado al islam desde el ateísmo. Yo mismo me considero (hasta cierto punto) un producto del descrédito de los ulemas oficiales. Uno de los motivos que me ha movido a escribir sobre el islam es la ausencia de respuestas convincentes entre los que se autoproclaman «guardianes de la tradición». Llega un momento en que no podemos seguir tomando como referentes a esta gente, abrimos nuestros ojos y nos orientamos hacia la Creación, donde Dios se manifiesta. Todo a nuestro alrededor nos habla del islam, del sometimiento de todo a un designio inescrutable. Tomamos el Corán en nuestras manos y todo significa. El Corán ha sido revelado para cada uno de nosotros, sin necesidad de intermediarios. Por ello, hace tiempo que he dejado de lamentarme por la miseria intelectual de los ulemas oficiales, y doy gracias a Al-lâh por haber dotado al ser humano de un corazón pensante, de un raciocinio capaz de someterse y ser guiado por las leyes de la Misericordia Creadora.

Desde el reconocimiento de mi más completa ignorancia, reivindico el derecho a ser guiado únicamente por Al-lâh. Soy consciente de que este camino está lleno de errores, debido a mi falta de capacidad y a las limitaciones que mi ego impone a la recepción de la Palabra revelada. Pero también soy consciente de que este es el único camino, que exige una entrega total a Al-lâh, la consciencia de que sin Su ayuda nunca superaremos nuestro estado de fragmentación y de ignorancia.
Pido perdón por todo aquello que diga, piense o haga no conforme a las enseñanzas genuinas del islam y al ejemplo del Profeta Muhámmad, una bendición para la humanidad, que la paz y la salat de Al-lâh sean sobre él y todos sus seguidores. Pido a Al-lâh que me ayude en la tarea de pensar el islam aquí y ahora, como una fuente viva y llena de sentido para aquellos que rechazan toda idolatría y se postran voluntariamente ante el Creador de los cielos y la tierra, in sha Al-lâh.

http://www.webislam.com/?idt=15126

Haití: ¿catástrofe natural o miseria planificada?

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"los cultivadores de arroz habían sido en Haití condenados a convertirse en balseros, en mendigos, desde que el FMI prohibió los subsidios que el Estado proporcionaba al arroz nacional".
Gabriel Belén | comunicación popular |


“En el mes de marzo del año 2000 sesenta haitianos se lanzaron a las aguas del mar Caribe en un barquito de morondanga. Los sesenta murieron ahogados. Como era una noticia de rutina nadie se enteró, pero esos sesenta haitianos habían sido cultivadores de arroz, y los cultivadores de arroz habían sido en Haití condenados a convertirse en balseros, en mendigos, desde que el FMI prohibió los subsidios que el Estado proporcionaba al arroz nacional. El FMI, que es un organismo bastante distraído, se olvidó de prohibir los subsidios al arroz que el gobierno de los EEUU otorga a la producción nacional…y ahora Haití compra su arroz en los EEUU.”

Eduardo Galeano


Allá por la segunda mitad del siglo XIX el médico estadounidense Samuel Cartwright llamó “Drapetomanía” a una enfermedad que azotaba al mundo y amenazaba el perfecto y natural estado de las cosas. Según su diagnóstico, era un padecimiento que sólo los esclavos negros sufrían, un desorden mental que les impedía aceptar su esclavitud y los empujaba a pagar aún con el precio de la muerte su libertad.

En el año 1804, luego de 35 años de revolución, pagando el precio de la muerte de una tercera parte de la población, los esclavos de la antigua colonia francesa lograron romper las cadenas que los hacían esclavos y alcanzaron su independencia. Y aunque la mayoría de las enciclopedias omitan este hecho, fue Haití y no Inglaterra el primer país que abolió la esclavitud en el mundo. Mientras tanto desde EEUU, donde entendían que no necesariamente la verdad evidente de que “todos los hombres son creados iguales” incluía a los negros y por eso la esclavitud seguía de moda, Thomas Jefferson, presidente y dueño de esclavos, consecuente con el apoyo financiero que George Washington había dado a los franceses durante la Revolución Haitiana, apoyó el intento de recolonización de Napoleón Bonaparte. Pero el pueblo haitiano volvió a triunfar y EEUU tuvo que contentarse con adherir al bloqueo económico contra la revolución que pregonaron las principales potencias imperiales y negar su reconocimiento a la independencia haitiana. Francia lo hizo en 1825, los británicos en 1839, pero EEUU tuvo que meditarlo casi 60 años (1862) para entender la idea de una república en donde los negros caminaran sin cadenas. Esa dificultad de entendimiento la expondría claramente el Secretario de Estados norteamericano, James Madison, en 1805: “La existencia de un pueblo negro en armas, (…) es un espectáculo horrible para todas las naciones blancas”.

Una vez meditada y reconocida su independencia, cuando en 1872 barcos de guerra alemanes obligaron a pagar reclamaciones financieras a Haití, los haitianos pidieron ayuda a EEUU, aduciendo la Doctrina Monroe, la que decía que EEUU no permitiría ninguna intromisión de las potencias europeas sobre territorio americano. Sin embargo el presidente norteamericano Ulyses Grant hizo oídos sordos.

En 1888 la marina de EEUU decidió bloquear las costas haitianas para “persuadir” a que sea liberada una nave estadounidense que había violado sus leyes. En 1891 bloqueó nuevamente esas costas, esta vez para que el gobierno le permita instalar una base naval en Molé de Saint – Nicholas. El curriculum diplomático estadounidense es impactante: entre 1857 y 1900, EEUU intervino diecinueve veces contra Haití, por motivos que, aún no se sabe si por algún extraño azar o su “Destino Manifiesto”, siempre favorecieron los intereses estadounidenses en la isla.

En 1910 desde Washington impusieron un crédito de la Casa Speyer and Co y del National City Bank, así como el Contrato Mac Donald. Esto hizo que Haití perdiera su soberanía financiera y que los grandes pulpos norteamericanos pudieran monopolizar la economía. Años más tarde, Woodrow Wilson, en un acto de sentimentalismo, produjo la ocupación militar de la capital de Haití para “ayudar” a que se resolvieran los conflictos legales en los que se habían metido los monopolios norteamericanos.

En 1915, luego de presiones económico-políticas por parte de EEUU, fue derrocado el presidente de Haití Davilmar Tréodore. Su sucesor, el general Vilbrum Sam, ordenó la masacre de decenas de presos políticos, quien fue luego ajusticiado en la vía pública. Esto, y el supuesto plan del Kaiser de invadir Haití, fue un perfecto pretexto para que Woodrow Wilson se anticipara ante dichos peligros y otorgara el perfecto remedio: una sangrienta ocupación militar que duraría dos décadas. Durante la ocupación, la infantería de Marina estadounidense y sus aliados haitianos masacraron a la resistencia popular campesina. Para no aburrirse, no dejaron de bombardear diversas zonas rurales y a la población civil asentada en ellas. En 1934, luego de cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros, el ejército norteamericano volvió momentáneamente a casa. Robert Lansing, secretario de Estado, aportando al diagnóstico que Cartwright había realizado, justificaba la ocupación: el pueblo haitiano tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”.

En 1937, el dictador de República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo ejecutó a sangre fría a 25.000 haitianos. EEUU quiso ayudar y organizó una reunión entre las partes. Gracias a los esfuerzos de la diplomacia estadounidense se hizo justicia: Haití recibió una indemnización de veintinueve dólares por cada uno de los 18.000 haitianos que habían sido asesinados. (1)

En 1950 la Casa Blanca apoyó el golpe militar que puso a Paul Magloire en el poder de Haití. En 1957 EEUU dio una amistosa bienvenida a Francois Duvalier (“Papa Doc”), quien se mantuvo en el poder masacrando y empobreciendo al pueblo haitiano hasta su pacífica muerte por causa natural en 1971, cuando su hijo de sólo 19 años de edad, Jean-Claude Duvalier (“Baby Doc”), también bendecido por EEUU, heredó el “trono democrático” y continuó la masacre hasta 1986. En ese mismo año, luego de una rebelión popular, EEUU y Francia acordaron ayudar a Haití, esta vez acelerando los trámites de la impune salida del dictador.

En 1987 el batallón Leopardo de las Fuerzas Armadas de Haití (casualmente entrenado por los EEUU) junto a Escuadrones de la Muerte, ejecutaron a más de mil campesinos, así como también al líder del Movimiento Democrático para la Liberación de Haití, Louis-Engene Athis. Ese hecho hoy se recuerda como la Masacre de Jean Rabel, y en su momento fue aplaudido por la Casa Blanca y premiado duplicando su ayuda financiera y educación militar.

Pese a la injerencia sistemática que venía realizando hace más de dos siglos, en 1988 la Casa Blanca se negó enfáticamente a intervenir en los “asuntos internos” de Haití. El general Henri Namphy, en un “acto de soberanía”, derogaba la Constitución aprobada por referéndum en 1987 y reprimía brutalmente a la población. Como parte de su paquete de ayuda humanitaria, Washington endureció las políticas inmigratorias para con los emigrantes haitianos que, huyendo de la represión, se dirigían hacia EEUU.

En febrero de 1990 Jean-Bertand Aristide, ex-sacerdote identificado con la teología de la liberación, fue electo presidente con el 67.5% de los votos, siendo de esta manera el primer presidente democráticamente elegido en la historia de su país. Cuando Aristide asumió el Gobierno en 1991, propuso aumentar el salario mínimo de 1,76 a 2,94 dólares por día, pero la Agencia para la Inversión y el Desarrollo de los Estados Unidos (USAID) se opuso a esta propuesta, con el argumento de que significaría una “grave distorsión” del costo de la mano de obra. Meses más tarde Aristide fue víctima de un golpe de Estado perpetuado por Raúl Cedras y apoyado por la administración Bush a través de la CIA. Una nefasta dictadura que dejó un saldo de 5.000 muertos y desaparecidos

En 1994 se organizó desde Washington la salida de la junta militar y el regreso del presidente, quien terminó su mandato bajo las órdenes de la operación “Restaurar la Democracia”, cuya principal preocupación fue que no se vuelva a criticar y estigmatizar al capitalismo así como también asegurar la fiel obediencia de cada una de las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional (FMI).

En las elecciones presidenciales de 1996, René Préval, ex primer ministro de Aristide, obtuvo la victoria con el 88% de los votos. El nuevo presidente, de formación izquierdista y progresista, se retiró de los lineamientos del sistema económico liberal, aunque continuó con la campaña de privatizaciones de varias empresas gubernamentales, debido a las constantes presiones del FMI.

En octubre del año 2000, oficiales al mando de Guy Philippe organizaron un fallido golpe de Estado. Guy Philippe, policía haitíano entrenado a comienzos de 1990 en Ecuador por las fuerzas especiales de Estados Unidos, el mismo que en algún momento se declaró admirador del dictador chileno Augusto Pinochet, se refugió en la embajada de los Estados Unidos en Puerto-Príncipe.

Una vez finalizado el mandato de René Préval en 2001, fue elegido Aristide nuevamente, ahora con el 91% de los sufragios. En 2003, el francés Regis Debray, quien delató durante la campaña de Bolivia la posición del revolucionario Ernesto “Che” Guevara (traición que llevaría a éste último a su muerte), y luego liberado gracias a la ayuda del gobierno francés, exige la renuncia del presidente, quien se niega.

En Febrero de 2004 entró en juego la operación “mañana seguro” del departamento de estado norteamericano: envío de tropas con la excusa de proteger su embajada y la democracia en Haití. El 29 de febrero se consumó el secuestro de Aristide por parte de tropas norteamericanas, en donde sacaron del país al presidente desconociendo el voto de la mayoría de la población. Los gobiernos de las Naciones Unidas avalaron el secuestro. Sólo algunos gobiernos, como el de Venezuela y Sudáfrica, solicitaron una investigación sobre los hechos que originaron la salida del presidente Aristide. Las tropas norteamericanas, luego de dejar cientos de muertos seguidores de Aristide, dejaron la tarea a cargo de la MINUSTAH, quienes combaten a quienes claman por el regreso de su presidente y encarcelan a quienes realizan trabajo social en las comunidades (como Gerar Jean Just en Diciembre de 2004). En el 2006, René Préval resultó electo presidente de Haití en una elección organizada y controlada por la o­nU.

En la actualidad, Haití está en la posición 150 de 177 países en el Índice de Desarrollo Humano de la o­nU. Un 80% de la población vive en la pobreza. La mitad de los haitianos no tiene acceso al agua potable. La esperanza de vida es de 50 años. La desigualdad es extrema: el 3 % de los habitantes tiene el 90% de la riqueza de la nación. Tan sólo el 15% de la población está alfabetizada, en donde apenas el 2% termina el ciclo escolar secundario. De aquellos que pueden hacerlo, el 80% emigra en busca de otras alternativas, principalmente hacia EEUU, fuga de cerebros que limita aun más las posibilidades de desarrollo económico del país. Las remesas de aquellos que logran escapar del capitalismo haitiano representan el 40% de su PBI.

Haití es un claro ejemplo de la barbarie que Rosa Luxemburgo profetizó como destino del capitalismo. Una barbarie que ahora los medios de comunicación se esfuerzan en disfrazar como resultado de un terremoto que sólo dio un tiro de gracia a un sistema ya completamente inviable. Luego de más de dos siglos de ocupación, saqueo y muerte, el derrumbe del palacio presidencial no es otra cosa que una metáfora de un Estado que se cae a pedazos y pide a gritos su reconstrucción.

Haití es un pueblo que, pese a la incesante lucha con aquellos que consideran al diagnóstico de Cartwright aún vigente, mantiene intactas sus ansias de libertad y se sigue rebelando aún con el alto precio de la muerte. Por eso, lo que debemos recordar cada vez que prendemos nuestros televisores, es que el horror que hoy vemos en Haití no es la consecuencia de un sismo, sino de lo que el periodista argentino Rodolfo Walsh conceptualizó alguna vez como miseria planificada.

1 -18.000 muertos fue la cifra reconocida por el dictador Trujillo.

http://comunicacionpopular.com.ar/haiti-%c2%bfcatastrofe-natural-o-miseria-planificada/

http://www.kaosenlared.net/noticia/haiti-catastrofe-natural-miseria-planificada

DDHH-AFGANISTÁN: Entre redadas nocturnas y prisiones secretas.

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WASHINGTON, 29 ene (IPS) - Redadas nocturnas, matanzas indiscriminadas y el uso generalizado de la tortura contra los detenidos conforman el panorama de las operaciones de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, según un nuevo informe periodístico independiente.Por Mohammed A. Salih

El artículo publicado por Anand Gopal en el sitio TomDispatch.com, que se incluirá también en la revista estadounidense The Nation, denuncia graves violaciones a los derechos humanos en Afganistán en momentos en que funcionarios de 70 países y organizaciones están reunidos en Londres en una conferencia para tratar de poner fin a la guerra en ese país islámico.

TomDispatch se presenta como "un antídoto contra los medios de difusión convencionales" y es un proyecto de The Nation Institute, un instituto dedicado a fortalecer la prensa libre e independiente en Estados Unidos.

El nuevo informe sostiene que las violaciones continuaron después que Barack Obama asumió la presidencia de Estados Unidos, hace un año, pese a la intención declarada de este país y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de ganarse "la mente y el corazón" de los afganos con las operaciones de contrainsurgencia.

El principal comandante militar estadounidense en Afganistán, general Stanley McChrystal, prometió pelear una guerra más limpia en la que hubiera menos redadas en viviendas y menos víctimas civiles.

"Si hablas con habitantes rurales pashtun (la etnia mayoritaria en Afganistán), dicen que quieren ser protegidos, tanto de los militares estadounidenses como de (el grupo extremista islámico) Talibán", dijo Gopal a IPS.

El periodista se refirió a varios casos, denunciados en su artículo, en que soldados estadounidenses dispararon indiscriminadamente contra civiles en sus viviendas durante redadas nocturnas, lo que generó ira e indignación en los aterrorizados habitantes locales.

Las redadas en aldeas responden a emboscadas de combatientes talibanes en la zona o a la supuesta presencia de sospechosos basada en información de inteligencia que con frecuencia resulta falsa.

Por ejemplo, en noviembre de 2009, varios soldados estadounidenses atacaron la casa de Majidullah Qarar, portavoz del ministro de Agricultura, en busca de su primo, Habib-ur-Rahman, programador de computadoras y empleado del gobierno.

En ese operativo mataron a otros dos primos de Qarar, que estaban desarmados. Uno recibió un disparo mientras corría hacia la puerta, y el otro mientras trataba de ayudar a su primo que se desangraba. Finalmente, los soldados hallaron a Rahman en la casa.

Rehmatullah Muhammad, residente en la aldea de Zaiwalat, de la central provincia de Wardak, relató que él y otros nueve aldeanos fueron detenidos el año pasado en una redada nocturna y llevados a un establecimiento de detención en la base militar de Rish Khor.

El centro de detención estaba en manos de estadounidenses vestidos de civil, y no está claro si se trataba de miembros del ejército, de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o de contratistas privados.

Desde Rish Khor, Muhammad y los otros detenidos fueron llevados a una prisión que Estados Unidos tiene en su base aérea de Bagram, donde no tuvieron acceso a un abogado y fueron obligados a declarar ante una comisión.

"Sólo se me permitía contestar sí o no; no pude explicar nada en mi audiencia", contó Muhammad a Gopal.

Ahora, en la pequeña aldea de Zaiwalat, los habitantes tienen "miedo a la oscuridad" por lo que han sufrido durante las redadas nocturnas. En los últimos dos años, 16 personas fueron asesinadas en 10 de esos operativos, sólo en esa aldea.

Según fuentes de Gopal, existe otra prisión secreta en la base aérea de Bagram que tiene "una infame reputación por los abusos que en ella se cometen".

El periodista afirmó que de las 24 personas que entrevistó para su artículo, 17 afirmaron haber sufrido maltratos en prisiones administradas por militares estadounidenses o en camino a ellas. Médicos, miembros de la Comisión Afgana Independiente de Derechos Humanos y funcionarios de gobierno corroboraron 12 de esas afirmaciones.

IPS pidió información al Departamento de Defensa de Estados Unidos acerca de las redadas nocturnas y las prisiones secretas, pero oficiales militares se negaron a hacer comentarios y remitieron a IPS al Departamento de Estado, que no devolvió las llamadas telefónicas.

El ejército estadounidense llegó a Afganistán en octubre de 2001, casi un mes después del atentado del 11 de septiembre contra el World Trade Centre de Nueva York, y derrocó al régimen Talibán, al que Washington acusaba de albergar a Osama Bin Laden, principal sospechoso de ese atentado.

Hasta ahora, Bin Laden no ha sido hallado y los insurgentes talibanes parecen ganar cada vez más fuerza.

Ante el deterioro de la situación de seguridad, Estados Unidos y la OTAN anunciaron que enviarán 37.000 militares adicionales para apoyar a los 110.000 soldados ya desplegados en Afganistán.

http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=94555

DDHH-FRANCIA: El lugar del burqa en la identidad nacional.

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Por A. D. McKenzie

PARÍS, 29 ene (IPS) - ¿Una mujer en Francia puede usar el burqa y seguir siendo francesa? ¿Una inmigrante con esa prenda, que le cubre todo el cuerpo y el rostro, puede integrarse a la sociedad? La polémica es parte de una discusión sobre la identidad nacional previa a las elecciones regionales de marzo.

Esta semana, un informe del Parlamento recomendó la prohibición parcial de esa vestimenta tradicional musulmana porque, sostuvo, constituía un "desafío" "inaceptable" para la república francesa.

El informe, presentado tras seis meses de deliberación oficial, recomienda que el burqa, o velo de cuerpo completo, sea prohibido en escuelas, hospitales, oficinas estatales y el transporte público. Eso implica, por ejemplo, que un conductor de autobús puede negarse a aceptar a una pasajera vestida con esa prenda.

"Creo que el comité procuró buscar lo que consideró una solución viable política y legalmente, en lugar de una prohibición lisa y llana", dijo Judith Sunderland, investigadora para Europa Occidental de la organización de derechos humanos Human Rights Watch.

"Pero aún nos preocupa mucho que las restricciones interfieran seriamente con los derechos de las mujeres musulmanas en Francia… a manifestar su religión" y "a la autonomía personal", comentó a IPS en entrevista telefónica.

"Definitivamente somos contrarios a todo tipo de medida absoluta. Pero las medidas graduales también violarían los derechos y serían contraproducentes porque no ayudarán a las mujeres que posiblemente utilicen el velo por la fuerza, y violaría los derechos de quienes eligen usarlo libremente", agregó.

"La medida contribuirá con la estigmatización del Islam y de los musulmanes en general. Sencillamente es una pésima idea", sostuvo la representante de Human Rights Watch.

Otros opositores de la recomendación parlamentaria expresaron distintas críticas.

El informe final recibió el boicot del opositor Partido Socialista, por ejemplo, como protesta contra el "gran debate" sobre la identidad nacional que impulsó el gobierno en noviembre. Algunos consideran que ese "debate" pretende conquistar, con vistas a las elecciones, a la población de derecha que es contraria a la inmigración.

Pero el ministro de Inmigración, Eric Besson, subrayó a la prensa la semana pasada que "Francia sigue siendo un país abierto", con una tradición de recepción de los inmigrantes.

La discusión en torno al burqa se agitó en círculos políticos y el público en general desde que el presidente Nicolás Sarkozy declaró, en junio, que la prenda no tenía lugar en Francia.

"El burqa no es un símbolo religioso, es un indicio de subyugación, de la sumisión de las mujeres. Quiero decir solemnemente que no será bienvenido en nuestro territorio", dijo Sarkozy en esa ocasión a un grupo de legisladores, en un discurso pronunciado en Versailles, en las afueras de París.

Desde entonces, las encuestas indican que 65 por ciento de la población francesa, incluso parte de la comunidad musulmana, desea una ley que prohíba el burqa.

Paradójicamente, casi la mitad de los ciudadanos franceses dicen que rara vez ven a una mujer con el burqa o el niqab, la variación que deja los ojos al descubierto, según una encuesta de la empresa GN Research publicada por el diario Le Parisien.

El ministerio del Interior calcula que 2.000 mujeres, en la población de 65,4 millones de franceses, utilizan este tipo de vestimenta, sobre todo en los suburbios de París. Quienes lo visten en los distritos más ricos de la capital suelen ser turistas adineradas de Medio Oriente.

Pero aunque tan pocas mujeres utilicen el burqa en este país, los franceses siguen hallándolo ofensivo. La comisión de 32 legisladores que redactó el informe asegura que toda Francia le dice que "no" al burqa porque este "es contrario a los valores de la república".

"Si el burqa es esencialmente ofensivo para la mayoría en la cultura del país anfitrión, y no es de importancia esencial para la mayoría de los musulmanes franceses o inmigrantes musulmanes en esa cultura, entonces quizás no debería ser presentado como ‘esencial’ y por lo tanto puede ser eliminado", opinó la artista Linda Bernhardt.

"La comunidad musulmana y árabe debe definir lo que para ellos es importante compartir con la comunidad en la cual se habrán de integrar", dijo a IPS. "El burqa no es algo que yo vea esencial desde el punto de vista de los musulmanes moderados".

"Creo que cada parte define lo que puede darle a la otra y así se produce una mezcla. Nadie tiene una identidad fija. Hay cambios y las cosas evolucionan. Eso construye una humanidad más fuerte", sostuvo Bernhardt.

Pero si el gobierno ha de prohibir el burqa también deberá otorgar concesiones a los cinco millones de musulmanes que viven en Francia, así como a otras comunidades no cristianas, adoptando feriados públicos que no sean exclusivamente "tradicionalmente católicos", agregó la artista.

De hecho, el informe parlamentario sugiere medidas para integrar a la comunidad musulmana y otras, como la creación de una "escuela nacional de estudios islámicos" y la adopción de feriados nacionales que celebren festivales religiosos como el Eid islámico y el Yom Kippur judío.

Estos contenidos del informe recién se debatirán en el parlamento después de las elecciones de marzo, y nadie sabe con certeza cómo procederá el gobierno una vez que se sepan los resultados de los comicios.

Algunas voces musulmanas advierten que si las recomendaciones parlamentarias conducen a la prohibición las mujeres podrían verse obligadas a elegir el burqa como forma de desafío, o simplemente para reafirmar sus derechos en un país que se enorgullece de sus ideales de libertad e igualdad para todos.

Los juristas dicen que la prohibición sería difícil de aplicar y que el asunto podría terminar ante la Corte Europea de Derechos Humanos.

"Es una medida de integración por la fuerza que está destinada al fracaso", dijo Sunderland, de Human Rights Watch. "Es una estrategia errónea. No me imagino cómo una ley que limita el uso del niqab pueda ayudar a las mujeres que están obligadas a ponérselo. Es posible que las aísle aun más y las excluya de la sociedad francesa", opinó.

"Existen todo tipo de medidas políticas que deben adoptarse para tenderle una mano a las mujeres cuyas familias y comunidades donde viven violan sus derechos en forma cotidiana", aseguró Sunderland a IPS.

"No pensamos que este tipo de medida legislativa vaya a ayudar a las mujeres que usan el niqab. Sólo hará que sus vidas sean imposibles. ¿Cómo podrán ir a buscar a sus hijos en el autobús, o hablar con los profesores que sean hombres, por ejemplo?", preguntó.


http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=94551

Tenemos que hablar.

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Por Santiago O’Donnell

Tenemos que hablar del discurso de Obama. El martes a la noche, en una sesión bicameral del Congreso, Obama pronunció el discurso que allá en Estados Unidos llaman del “Estado de la Unión”. Vendría a ser el equivalente a los discursos que el presidente o la presidenta dan acá todos los años para inaugurar las sesiones legislativas.

Obama había arrancado su mandato en la cima de la popularidad, pero tras un año por debajo de las expectativas, por decirlo suavemente, sus índices de aprobación están en caída libre y ya se acercan a los cuarenta puntos, un piso impensable doce meses atrás. Por eso estuvo bueno que reconociera que se equivocó.

Dijo que su principal error fue haber perdido el contacto con la gente. Eso está claro. Por más que se haya pasado meses enteros recorriendo el país con sus foros ciudadanos sobre la reforma sanitaria, es evidente que perdió el contacto con la gente. Lo dicen todos los sondeos de opinión: él quería una cosa pero la gente pedía otra y por eso fue perdiendo popularidad.

El quería, claro, reformar el sistema de salud. Por eso se la pasó viajando y hablando del tema. Para darle cobertura al menos a buena parte de los 42 millones de estadounidenses que no la tienen y para mejorar la cobertura que reciben los demás. Esa había sido la principal promesa de su campaña.

Bah, ha sido la principal promesa de campaña de todos los candidatos y precandidatos demócratas del último siglo, pero ninguno de ellos había podido cumplirla. Obama quería romper esa racha y entrar en la historia por la puerta grande.

Una apuesta ambiciosa, una batalla durísima. Nada menos que los nenes de la industria del seguro y la industria farmacéutica, más la burocracia estatal, la industria del juicio, la corporación médica y los dueños de los hospitales privados.

Pensó que había que golpear de entrada, en plena luna de miel, con viento de cola y mayorías amplias en las dos cámaras del Capitolio. Y decidió que a la reforma la vendería él, por lejos el personaje más popular de su gobierno, que la reforma sería él.

Y se equivocó porque la gente no quería hacer historia, quería llegar a fin de mes. Quería que se dejara de joder con los grandes temas internacionales como las guerras y el medio ambiente, con el show off de dirigir personalmente la operación de rescate del capitán secuestrado por piratas somalíes en la otra punta del mundo.

Que se deje de joder. Todo el día discutiendo con la oposición republicana y los lobbies de los gigantes del sistema de salud, como si fuera la madre de todas las batallas. Mientras tanto ellos tenían que soportar la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

Querían que bajara el desempleo pero el desempleo no bajó, querían que cambiara la economía pero la economía no cambió.

Porque Obama estaba en otra cosa y porque no quiso abrir otro frente con los nenes de Wall Street. Entonces les dio un megarrescate y los dejó tranquilos y ellos hicieron lo que saben hacer cuando los dejan tranquilos: record de ganancias en la Bolsa, bonificaciones estratosféricas, cero regulación, cero reforma, cero derrame hacia la economía real. Derivativos, banca off shore, bonos basura, carteras tóxicas, paraísos fiscales. Más de lo mismo pero con algunos agravantes. Más de lo mismo pero en medio de una terrible crisis que ellos mismos generaron. Más de lo mismo pero con fondos públicos. Fumando la guita del megarrescate.

El martes Obama reconoció que el megarrescate había sido “tan popular como un tratamiento de conducto en una muela”. Horas antes había sacudido el ambiente al imponer las regulaciones más estrictas que había conocido Wall Street desde los tiempos de Roosevelt. Algo es algo.

Ahora dice que va a ocuparse de la gente y de sus problemas. Dice que la reforma de salud tiene que salir, pero ya no es la prioridad. Admite que el mundo sigue existiendo, pero sólo le dedicó nueve minutos en un discurso de hora y media.

En cambio de economía habló largo y tendido. Propuso una reducción de impuestos para los dueños de las pymes y un paquete para reconvertir empresas al uso de energía no contaminante. Hasta tren bala propuso. Claro, para un país de primer mundo. Y prometió mucha obra pública. A financiarse con los millones que les prestaron a los bancos. Que devuelvan la guita, desafió Obama, ya que tan bien les fue el año pasado, a juzgar por las grandes bonificaciones que se repartieron.

Porque aunque lo acusen de populista, la pulseada con Wall Street, con los lobbies y con la burocracia de Washington recién empieza, dijo el presidente. “Acabo de terminar el discurso del Estado de la Unión y quería mandarles unas líneas para que sepan que no me daré por vencido”, escribió en el Facebook.

O sea, se nota un cambio, al menos en la retórica. Se nota la intención de hacer, o al menos decir, lo que le pide la gente. Cuando le pegó a Wall Street el martes, aplaudieron hasta los legisladores republicanos, que no son ningunos tontos.

Y porque no son tontos hicieron todo lo posible para frenarle la reforma de salud a Obama, para forzarlo a perder el tiempo peleando contra ellos mientras se estira el desenlace y se desgasta la imagen presidencial porque la gente prefiere que ponga sus energías en otro lugar.

La reforma ya tiene media sanción, pero hace dos semanas los republicanos ganaron una elección en Massachusetts por la banca de Teddy Kennedy que les quitó a los demócratas la “supermayoría” en el Senado. El ganador, Scott Brown, había nacionalizado la campaña, pero Obama podría haberse hecho el distraído. Sin embargo, el presidente reconoció el martes que el derrotado había sido él, y que la derrota había sido “merecida”.

Porque la gente allá en Estados Unidos no quería que los políticos se pelearan todo el tiempo. Quería que se pusieran de acuerdo en alguna cosa y que hicieran algo, y si sirve para mejorar la economía y combatir el desempleo, tanto mejor.

El martes Obama habló de la herencia recibida y del obstruccionismo sistemático de la oposición. Pero en vez de echarles la culpa a los demás se hizo cargo –perdí el contacto, merecí perder– y llamó al diálogo, o más bien al cogobierno: “A los líderes republicanos que van a insistir en que 60 votos en el Senado son necesarios para hacer cualquier cosa en esta ciudad –una supermayoría– entonces la responsabilidad de gobernar ahora es de ustedes también. Decirle no a todo podrá ser buena política en el corto plazo, pero no es liderar”.

A veces es bastante obvio lo que pide la gente, pero los presidentes, sumidos en sus entornos, no siempre lo entienden. El martes Obama dio señales de entender.

“No es que yo crea que la prioridad de los estadounidenses sea asegurarse sus empleos –arrancó diciendo–. La prioridad de los estadounidenses es asegurarse sus empleos.” Era el reconocimiento que todos los estadounidenses querían escuchar.

No es que Obama se merezca el aplauso por reconocer sus errores y decir que va a pegar un golpe de timón. Es lo menos que puede esperarse de un presidente después de un año entre malo y desastroso. Aun así, del dicho al hecho hay todo un trecho y, más que palabras, lo que exigen los estadounidenses son acciones concretas que arrojen resultados palpables.

Tampoco hace falta coincidir con las prioridades de la opinión pública norteamericana. A uno le gustaría que Obama se ocupara un poco más de las chanchadas que dejó Bush por el mundo, pero se puede entender que allá las urgencias sean otras.

Por eso tenemos que hablar del discurso. Porque cuando a un presidente las mediciones le dan mal, no un día o una semana porque tomó una medida necesaria pero impopular, sino varios meses de deterioro progresivo, entonces es que algo no funciona.

Cuando eso pasa está bueno que la persona aludida por lo menos reconozca que algo se está haciendo mal, que se comprometa a escuchar más a la gente y que se dé cuenta de que algunas cosas tienen que cambiar.

sodonnell@pagina12.com.ar
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Avatar político.

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Criticada por el Vaticano y por China y elogiada por Evo Morales, la exitosa película de Cameron dispara reflexiones tanto políticas como éticas y estéticas que permiten una mirada que cruza los diferentes planos significativos.

Por Horacio González


Avatar fue criticada por el Vaticano y por China, elogiada por Evo Morales y los críticos de la nueva minería transnacional. ¿Todo esto provoca o admite este film, que en poco tiempo más –obvio– será multipremiado por Hollywood? ¿Cuál es el tema de Avatar? Es la vieja tesis de que toda metamorfosis es la forma más delicada del espíritu. Es lo que implicaría su verdadera dimensión ética. Metamorfosis mística entre la naturaleza vegetal, los animales y los hombres. Y amalgama entre todos los hombres, de la estirpe que fueran. ¿Qué agrega el director de la película a esta cosmología? La bienvenida metamorfosis entre la vida humana y su réplica tecnológica. Videojuegos denominados Second Life y otros del mismo género están en la mente de Cameron, el director.

Sólo que en Avatar hay muchos más planos significativos. En cuanto a las artes de la interpretación actoral, cambia totalmente la raíz del antiguo oficio. Queda sometida la actuación a un proceso también de metamorfosis. Entre la gestualidad dramática y el dramatismo tecnodigital. Se sustituyen así las teorías de la acción dramática que inauguraron el siglo XX y que originaron la diversidad de identidades actorales que conocemos. ¿Están en peligro luego de Avatar? No, porque, a su vez, el film se basa en las más conocidas mitologías narrativas, base de todas las teorías actorales, atrayéndolas momentáneamente a la nueva industria del cine digital. Nada nuevo bajo el sol (el que ilumina nuestros pobres asuntos terrícolas).

Otro avatar más del film: el misticismo naturalista que lo impulsa no parece contraponerse a la tecnología, sino que podrá ser un capítulo posterior de ella. O bien, se insinúa que mantendrá con ella una relación circular, complementaria. Lo que se narra es una lucha entre civilizaciones guerreras, una de ellas cazadora, que viaja montada en grandes pájaros de reminiscencia prehistórica como en las películas de Walt Disney. (Se ve una escena de caza a simulacros de rinocerontes diseñados oníricamente. Sangre, inverosímilmente, hay poca.)

El héroe lo es por igual de las dos civilizaciones, la técnica y la mística, que se transfunden. En un caso, el héroe soldado deja entrever un destino a autoinculpación del cual saldrá el salvataje de la cultura técnica planetaria. Y por otro, el mismo héroe desdoblado, pero ahora extranjero, se suma a la lucha ajena descubriendo en sí destrezas de redención. Ambos héroes practican una fusión mística. Mueren juntos, en una suerte de cristianismo bífido que no deja de ser interesante, una suerte de doble de Cristo rápidamente borroneado. Herético, desde luego. A Ratzinger no le va a gustar, claro. Pero se equivoca el Vaticano al ver todo eso poco teológico. Son las altas devociones profanas del cine norteamericano progresista.

Las tecnologías de guerra son presentadas como remedos monstruosos, zoomórficos, carros de guerra que de tan fantasiosos parecen griegos o romanos (obvio: siempre en la Ilíada suenan mejor estas cosas), pero hay detalles que permiten entrever que los pueblos agredidos desde sus místicas danzas power flower, no dudarán en utilizarlas (de hecho, lo hacen en el combate).

Sin duda, es una película con un viejo argumento teológico-político, pero de tono menor respecto de Solaris o Blade Runner, para mencionar dos proyectos considerados de ciencia ficción que contienen genuinas vetas filosóficas. Si se quiere, es mediocre lo que presenta Cameron (aunque no hollywoodianamente hablando) frente al mundo metafísico de la ciencia ficción de Tarkovsky o lo que hizo Ridley Scott con las novelas de Philip Dick. Esas llevan a la verdadera refundación ética de lo humano luego de un pasaje por otro “avatar”, si se quiere más interesante: el fracaso de la fabricación de bellos semidioses asesinos que quieren volver a ser humanos.

No le restamos mérito a la escritura digital expresionista del film de Cameron. Pero no es tan novedoso el factor tridimensional, ni mucho menos lo es la hipótesis del hombre prometeico que sucumbe al no respetar la sacralidad de la naturaleza. En toda su expresividad está en el Fausto de Goethe (¡qué decimos!), proveniente de la Metamorfosis de Ovidio. Filemón y Baucis, que son también arbolitos sacros, son sacrificados ante el espíritu fáustico industrialista, en sobrecogedora escena. Ahora, el coronel de ese ejército que pinta Cameron, burdamente tratado, es un pobre agente de las empresas multiplanetarias de minería. No hay naciones definidas en Avatar, hay vil experimento humano, aunque sea bajo el aspecto de una negociación (al principio) con los nativos de otro planeta. El coronel Kilgore de Coppola en Apocalipse Now –que remotamente inspira a Parker, el de Avatar– es infinitamente superior, pues en su condición caricaturesca, conserva un lúgubre y dolorido patetismo. Por no hablar del coronel Kurtz, donde se dan cita todas las líneas de ruptura del relato occidental. No hay que olvidar que a este crucial personaje (en donde se resumen todos los manierismos actorales de la mágica baulera de Marlon Brando) lo encontramos en Apocalipse Now leyendo un poema de Thomas Elliot. Ahora que los canales públicos vuelven a pasar como verdadera “replicante” de Avatar a Apocalipse Now, surgen las enormes diferencias artísticas.

Es que Coppola se inspira en Elliot, que a la vez conduce a Joseph Conrad, luego a La rama dorada, de Frazer, y por último a un libro revelador de la crítica literaria, From ritual to romance, de Jessie Weston, que en 1920 examinó la importancia de las leyendas del rey Arturo en la configuración de las mitologías narrativas de Occidente. Todos ellos son objetos de un grácil metalenguaje en el film y aparecen en una toma de la película de Coppola como un pilón de libros abandonados en la recámara de Kurtz. Un absoluto gesto de retroalimentación entre cine y literatura. Ese sí es un avatar, una carnosa metamorfosis.

La reciente recreación de Apocalipse Now en la novela de José Pablo Feinmann, Carter en Vietnam, se hace en nombre de seguir examinando la decadencia del propio lenguaje de la sociedad norteamericana, su ejército y sus industrias culturales. En el último número de la revista Los inrrokuptibles, un buen artículo sobre Avatar indica que en una de las escenas, donde el ejército bombardea un árbol totémico, se reproduce la caída del World Trade Center. Conclusión: “Hace asumir al ejército estadounidense la responsabilidad del 11 de septiembre”, además de otras vergüenzas profundas, esta vez por las culpabilidades ecológicas.

Como se ve, el film de Cameron parece representar una universalización política, de raíz humanística, en la discusión sobre las relaciones del hombre con la naturaleza. Surge evidente, además, la crítica a los medios militares-corporativos de destrucción de las fuentes de vida planetaria. Hay que agregar, sin embargo, que la “salvación” proviene del propio Imperio y su poder autocrítico, minoritario, pero efectivo. Un poder científico-cinematográfico.

Es que Avatar proviene en particular del nuevo giro científico y representacional de su industria cinematográfica. Su relato no es sino una fábula sin la calidad aristocratizante que tenía la radical crítica de Coppola a la historia devastada. Cameron hace predominar demorados remates finales calcados del viejo western y se deja ganar por las connotaciones de una love story que promete un retorno humano al planeta que los derrota, una mejor negociación entre las corporaciones mineras-militares, la ciencia que creó los hombres-avatar y las poblaciones nativas.

No sabemos por qué China la prohíbe; nada justifica una prohibición ni ésta puede entenderse cabalmente. Que Evo Morales la recomiende como una reflexión oportuna sobre la Madre Tierra nos parece muy comprensible. Esta gran figura del presente momento boliviano une la digna densidad de su antropología política con un candor novedoso, en un modelo de reconstrucción del lenguaje político inhabitual, desafiante e inspirador.

Sin embargo, siempre queda en pie el problema de estos films surgidos del guionismo y la nueva “gnosis tecnológica” de las grandes producciones de un sector del capitalismo informático liberal, que agita mitologías y meta-leyendas surgidas de la propia historia del cine norteamericano, con profesionalismo enraizado en una historia del relato industrial-cultural muy evidente. Pero sin realizar esfuerzos como el que en su momento, en plena década del ’70, iluminó a Apocalipse Now. Evidentemente, es necesaria una nueva cinematografía que esté al nivel de las discusiones mas profundas de nuestras sociedades. Desde luego, no la representa Avatar.

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Guantánamo en la mira del juez Garzón.

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Varios ciudadanos o residentes de España han pasado por la cárcel de la base militar.

EL MAGISTRADO ESPAÑOL INVESTIGARA VIOLACIONES DE DD.HH. EN LA CARCEL ESTADOUNIDENSE

El magistrado considera que tiene jurisdicción sobre el asunto luego de que el gobierno de Estados Unidos se negara a darle una respuesta acerca de si existe alguna investigación abierta en ese país sobre crímenes cometidos en la base militar.

Por Oscar Guisoni

Desde Madrid


El juez español Baltasar Garzón comenzará a investigar lo sucedido en la prisión norteamericana de Guantánamo luego de que el gobierno de Estados Unidos se negara a darle una respuesta acerca de si existe alguna investigación abierta en ese país sobre las violaciones a los derechos humanos perpetuadas en la base militar. El magistrado considera que tiene jurisdicción sobre el asunto a pesar de la reforma legal llevada a cabo el pasado año por el Parlamento español que limita las actuaciones de la Justicia en causas que involucran a terceros países, ya que entre los detenidos en Guantánamo hubo un ciudadano español y otros tres que, aunque no tienen esa nacionalidad, han estado involucrados en investigaciones abiertas por el propio juez en relación con delitos cometidos en España. La querella, presentada por asociaciones y partidos políticos de izquierda ante su juzgado, acusa a los responsables de la prisión de crímenes de guerra y genocidio, entre otros delitos.

Ahmed Abderraman Hamed es el nombre del ciudadano español que estuvo detenido en Guantánamo, junto al marroquí residente en la península Lahcen Ikasrrien, el ciudadano palestino Jamiel Abdulatif al Banna y el libio Omar Deghayes, todos ellos involucrados en anteriores investigaciones de Baltasar Garzón por su supuesta participación en delitos cometidos en el territorio español, razón por la cual el juez considera “relevante”, como exige la nueva legislación sobre justicia universal, que se abra el proceso en los tribunales madrileños, ya que de otro modo estima que se estaría optando “por la impunidad”. En su auto el juez recuerda que existen tratados específicos sobre derechos humanos firmados por el país que están por encima de cualquier legislación ad hoc que se haya adoptado en los últimos tiempos con el fin de limitar los alcances de los juicios internacionales que tanto molestan a la diplomacia española que nada puede hacer por detener la acción de sus propios tribunales.

Otro de los elementos interesantes en el dictamen es el que recuerda que el Tribunal Supremo absolvió a Abderraman Hamed de los delitos por los cuales los norteamericanos lo habían recluido en la tenebrosa prisión ubicada en la base militar de Guantánamo denunciando en su momento las irregularidades en las que se realizó su detención “sin cargos y sin garantías y, por tanto, sin control y sin límite”.

La noticia se conoce en un momento en el que las relaciones entre Madrid y la Casa Blanca son las mejores de la última década y, a pesar que el gobierno norteamericano no se pronunció todavía sobre la cuestión, es difícil que le resulte simpática una medida como ésta, capaz de recordarle al propio Barack Obama su promesa de cerrar Guantánamo en un año, algo que todavía no cumplió debido a las dificultades para recolocar los prisioneros en otros países y la negativa de los propios tribunales americanos para hacerse cargo de la situación.

Garzón se coloca de este modo otra vez en el candelero internacional justo en un momento en que el magistrado se encuentra bajo proceso por la supuesta comisión del delito de prevaricato en relación con la causa abierta para investigar los crímenes del franquismo. Asociaciones de ultraderecha han logrado en los últimos meses, luego de reiterados fracasos, que se admita su querella contra el juez, al que acusan de actuar con premeditación. El Tribunal Supremo, con reconocida mayoría conservadora, admitió la causa a pesar de las debilidades legales de la presentación realizada por los querellantes, lo que da la pauta de las dificultades que atraviesa la sociedad española a la hora de juzgar su propia historia política violenta.

La reforma legal que puso coto a las facultades de los tribunales españoles para actuar en casos de delitos cometidos fuera de su propio territorio fue promovida por el PSOE en conjunto con los conservadores del Partido Popular y mereció la crítica en su momento de las asociaciones de derechos humanos y de Izquierda Unida, las mismas instituciones que ahora han promovido la causa contra los responsables de Guantánamo.

La fiscalía española había considerado “fraudulenta” la admisión de la querella, un artilugio para tratar de evitar que una causa molesta en Washington cobrara solidez en un momento de idílicas relaciones transoceánicas, pero el juez ha considerado que se dan todos los requisitos para dar comienzo a la causa por lo que es de esperar que en los próximos meses comiencen a emitirse las órdenes de captura internacional contra los responsables de la prisión. En declaraciones a la agencia EFE, uno de los abogados de la acusación, Antonio Segura (ALA), ha expresado doble satisfacción por el hecho de que Garzón vaya a investigar las denuncias poniendo en entredicho la consideración inicial de los fiscales.

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Larga vida a Kenzaburo.

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Por Juan Forn

El artículo noveno de la Constitución japonesa es único en el mundo: estipula que Japón no puede tener fuerzas armadas. Como bien se sabe, esa Constitución fue redactada después de la rendición de Hirohito en 1945, momento en el que “era un imperativo moral para el Japón demostrar que renunciaba para siempre a la guerra”, según las famosas palabras que pronunció Kenzaburo Oé cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1994. Por eso cada vez que la comunidad internacional “sugirió” en los últimos tiempos a Japón que debía ofrecer efectivos militares a las brigadas internacionales cuya presunta función es “preservar” o “restaurar” la paz en el mundo, Oé alzó su voz en contra. Y cuando la derecha japonesa intentó ampararse en esas presiones de Occidente para derogar el Artículo 9, Oé creó una asociación en defensa de ese artículo de la Constitución. Aunque sólo logró siete mil firmas de apoyo, cifra más que exigua en Japón (baste mencionar que cada libro de Oé que se publica allí tiene una tirada inicial cinco veces superior, y eso que Oé no es precisamente un autor de éxito en su país), eso no ha impedido que la derecha japonesa pusiera en marcha una sonada causa judicial contra él, en la que según ellos está en juego el honor militar de la nación, mancillado por Oé en su libro Notas de Okinawa, de 1970.

Oé ha declarado famosa y repetidamente (la última vez ante al tribunal de Osaka que lleva la causa contra él): “Mi vida está marcada por tres eventos: el nacimiento de mi hijo con daños mentales permanentes en 1963, el viaje que hice a Hiroshima al año siguiente y el que hice a Okinawa dos años después. Todo mi trabajo intelectual se sostiene en esos tres pilares. Y me enorgullece que el resultado literario de esas tres experiencias, la novela Una cuestión personal y los ensayos Notas de Hiro-shima y Notas de Okinawa, pudieran publicarse y puedan leerse hasta hoy en mi país tal como los escribí”. Ríos de tinta han corrido en el mundo sobre el modo en que Oé escribió sobre su hijo en Una cuestión personal. Mucho menos se sabe sobre los dos ensayos (de hecho, ni siquiera están traducidos a nuestro idioma). En el libro sobre Hiroshima, Oé hacía foco en la traumática manera en que Japón lidiaba con los sobrevivientes de la bomba atómica. En el de Okinawa, trataba una materia aun más volátil: la manera en que su país recordaba los “suicidios en masa” de civiles en las islas okinawenses, ante la llegada de las tropas norteamericanas, cerca del fin de la guerra.

Oé había descubierto con horror, al visitar en 1965 el templo en honor a las víctimas en Yasukuni, que se las honraba como combatientes de guerra (aunque la mayoría de las setecientas víctimas eran no sólo civiles sino mujeres, ancianos y niños). Lo ocurrido en aquellas abominables jornadas de 1945 fue que las tropas imperiales, en su repliegue, ordenaban a los civiles de cada aldea que se suicidaran antes de caer en manos del invasor, en algunos casos entregándoles granadas de mano, en otros obligando a los jefes de aldea a arrear a la población hasta los acantilados para que se arrojaran todos al vacío. Oé sostenía en su libro que era una falacia moral llamar “suicidios en masa” a aquellas muertes inducidas y que era indispensable para la memoria colectiva japonesa que no se callara lo que había ocurrido realmente. Siguiendo al libro de Oé y al monumental trabajo del historiador Saburo Ienaga (La Guerra del Pacífico), los manuales de historia que utilizan los estudiantes japoneses desde 1970 se refieren al episodio como “los suicidios en masa inducidos por el ejército imperial”. Así se mantuvieron las cosas hasta que en el año 2004, los descendientes de uno de los comandantes militares de Okinawa durante la guerra se presentaron en los tribunales japoneses y, amparándose en un libro de 1973 de la historiadora revisionista Ayako Sono (La historia detrás de un mito), exigieron que se retiraran inmediatamente de circulación en todo Japón esos manuales de historia y que Oé les pagara 200 mil dólares en resarcimiento por las calumnias que contenía su libro sobre Okinawa.

Asombrosamente, el poderoso equipo legal armado para sustentar el reclamo, compuesto por conspicuos personajes de la derecha y del lobby promilitar japoneses, fundamentó la causa en un párrafo del libro de Sono en el que, malinterpretando arteramente palabras de Oé, sostenía que éste acusaba de genocidio al comandante Akamatsu. En realidad, Oé se había cuidado bien de dar nombres en su libro: según él, no se trataba (en 1970, veinticinco años después de los hechos) de hacer condenas individuales sino de lograr que el pueblo japonés entendiera cabalmente que el espíritu militarista que había regido al país era una aberración que no debía repetirse jamás. Dos episodios inquietantes parecieron anticipar una derrota judicial de Oé: el diario conservador Yomiuri Shinbun reprodujo en primera plana unas declaraciones hechas en el estrado por la historiadora Sono (en realidad se había limitado a leer un párrafo de su libro de 1973, donde decía: “Lo que encuentro incomprensible es por qué, tanto tiempo después de la guerra, el señor Oé insiste en cuestionar la pureza del gesto de todas esas personas que eligieron morir por la patria y pretende hacernos creer que fue un acto realizado a la fuerza”); acto seguido, el Ministerio de Educación decidió de motu proprio retirar de currícula aquellos manuales de historia que mencionaban “los suicidios en masa inducidos por el ejército imperial”.

Para sorpresa y alivio de muchos, cuando finalmente se conoció el fallo del tribunal de Osaka fue favorable a Oé: se desestimó la demanda y se ordenó que aquellos manuales volvieran a integrar la currícula de las escuelas japonesas (lo que generó que más de cien mil personas salieran a festejar por las calles de Okinawa, la mayor manifestación de su historia). Los litigantes, sin embargo, han logrado que se les conceda una apelación y el proceso, que ya lleva seis años, se prolongará cuanto menos por tres años más. Oé, quien cumplirá los setenta y cinco este domingo 31 de enero, declaró que sólo le importa tener tiempo en este mundo para poder hacer dos cosas: una de ellas es llegar vivo al momento en que la Corte Suprema japonesa se expida sobre el caso; la otra es escribir una novela que cuente la historia del Japón moderno (desde que comenzó a manifestar sus primeros signos imperialistas de conquista hasta el derrumbe de la burbuja de bienestar económico en 1990). Con la siguiente salvedad: el narrador, el punto de vista de esa historia, será el de su hijo Hikari, el disminuido mental que logró aprender música gracias a su asombrosa capacidad para imitar el canto de los pájaros y cuyas piezas han sido ejecutadas por Rostropovich y Martha Argerich. Difícil imaginar un libro más valioso, y más difícil de tragar, para el Japón de hoy.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-139204-2010-01-29.html