Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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martes, 31 de agosto de 2010

Guerra: crimen organizado contra la humanidad.

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Toda guerra no es otra cosa que terrorismo organizado amparado en excusas pueriles.
originario


En la última década los gastos militares mundiales, encabezados como siempre por EEUU, se incrementaron en un 37 por ciento. Y sólo en el año 2005, ascendieron a la escalofriante cifra de 1,18 BILLONES de dólares (Fuente: Instituto Internacional de Investigación por la Paz _SIPRI- de Estocolmo.)En la última reunión de la FAO con 193 representantes y jefes de gobierno del mundo, se calculó que el número de hambrientos (no el de pobres, cuidado) en el mundo es de 850 millones, a los que habría que añadir otros 150 millones de afectados por las consecuencias del cambio climático (escasez de cosechas, desertización, catástrofes naturales), y los desplazados forzosos por las guerras intestinas en África y en otros lugares. Por tanto nos hallamos ante la cifra impresionante de 1.000 millones de hambrientos o personas en situaciones límite a los que podríamos sumar los pobres del resto del mundo, que en España hace cuatro años eran más de 8 millones y en EEUU, más de cuarenta millones. Así podríamos seguir sumando favelas brasileñas, banlieus parisinos y otras bolsas semejantes de pobreza en todo el mundo rural y urbano, hasta alcanzar, con los anteriores, esos dos de cada tres habitantes del Planeta sumidos en distintos grados de miseria.

Si nos centramos exclusivamente en los 1000 millones de desesperados, y analizamos la solución de la FAO con los gobiernos mundiales resulta que hasta dentro de 7 años no se habrá podido solucionar el hambre de tan sólo la mitad de esos 850 millones iniciales con que ellos cuentan, lo que supone que más o menos cuatrocientos millones de esos ya habrán muerto en los próximos siete años, a no ser que su hambre sea tan disciplinada que sepa esperar pacientemente las resoluciones de la o­nU. Dividamos entre los 1.000 millones de hambrientos que no desean morir esos 1,118 billones de gastos militares dispuestos para matar y nos encontraríamos con que a cada hambriento corresponden nada menos que 19.666,66 dólares al año, o sea, 1638 dólares al mes. ¿Se imaginan tal cosa? Esto supondría no sólo acabar con el hambre, sino con muchas más necesidades.

Y si ahora nos parece que deberíamos abarcar a más población del tercio mundial de pobres, otros 1.000 millones al menos, aún saldrían a más de 810 dólares mensuales por persona repartiendo el total del gasto armamentista. Imagínense los ingresos familiares que supondría esa cantidad en los países pobres, y, por supuesto, entre los pobres de los países ricos. Esto potenciaría la demanda en productos y servicios a nivel mundial, y relanzaría la economía de todo el Planeta a niveles de bienestar desconocidos hasta el momento en la historia. Y tan sólo basta emplear el dinero que se usa para matarnos entre nosotros en dinero para que vivamos. Claro está que tendríamos que replantearnos el sistema de producción para tener economías sostenibles y no agresivas con la naturaleza.

Alguno puede pensar que esos recursos extraordinarios serían un regalo al que no se tiene derecho. ¿Tal vez sí se tiene derecho a las guerras y a las bombas? ¿Es que ahora resulta que la muerte tiene prioridad? Para los gobiernos de este mundo que invierten en armamento más que en gastos sociales y en educación, la muerte tiene prioridad. Para la conciencia de una persona moralmente sana, en cambio, es todo lo contrario, por eso existen en tantas partes del mundo presos de conciencia, muchos grupos espirituales y o­nG que defienden los derechos humanos y denuncian la perversión de la guerra. Y si pensamos en otro aspecto de la defensa de la vida, la defensa del medio ambiente , es mucho más corriente multar, detener o hacer la vida imposible a Green Peace y a cualquiera que denuncie u obstaculice industrias venenosas que a los mismos productores del veneno. Esto es lo que hacen los gobiernos, pues para ellos la muerte sigue teniendo prioridad. Como siempre sucede desde la época de la Caverna de Platón, el mensajero es el culpable.

Pero las inversiones militares se justifican como guerras preventivas como la de Irak, con argumentos cínicos, como la de Afganistán, o como las guerras justas que defiende el Vaticano, completamente olvidado del pacifismo cristiano desde hace dos mil años. ¿Tienen consistencia esos argumentos para justificar la guerra? Pues no. Ni moral (recordemos el 5º Mandamiento sin letra pequeña: No matarás) ni legal: Nadie tiene derecho a invadir territorios como nadie tiene derecho a invadir tu casa y menos a mataros a ti o a tu familia para quedarse con la despensa.
¿Entonces por qué se hacen las guerras? Pues por las mismas razones que las hacían los asirios: por ambiciones de poder, por codicia, por envidia, por soberbia, enfermedades todas ellas de una conciencia inmoral. Tan inmoral como los gobiernos que las organizan y quienes les apoyan, que son todos los inmorales del mundo civil o religioso.

Pero ¿y si hiciésemos el esfuerzo de imaginarnos que cada uno de nosotros ha conseguido ya superar en su propia conciencia esos mismos elementos que desencadenan las guerras?, ¿serían posibles? Yo creo que no. ¿Quién de nosotros no tomaría por loco a cualquier jefe de gobierno que intentase enviarnos a matar por esas razones? ¿Con qué argumentos los sanguinarios jefes militares justificarían nuestro interesado patriotismo, ese prejuicio-base que ayuda a alistarse a los soldados ingenuos para convertirlos en carne de cañón, por la misma razón que el dinero ayuda a alistarse a los mercenarios?

"General: Tu tanque es poderoso, pero tiene un defecto: necesita un hombre que lo quiera guiar”.
(poema de B-Brecht)


Cuando ese hombre no exista, cuando se rebele contra la guerra, se acabarán los tanques. Y por supuesto, los gastos militares. Entonces no sólo podremos comer todos y vivir con dignidad, sino lo que es tan importante como eso: florecerá la civilización de la paz. Y eso sólo será posible, no nos engañemos, cuando se termine en el mundo el rencor, el odio, la envidia, la ambición, el deseo de reconocimiento y el deseo de tener más allá de lo que se precisa para llevar una vida digna. Pues estos deseos, que siempre tienen consecuencias negativas para un tercero o para la madre Tierra son en realidad, en lo profundo, los detonantes de las guerras. Estos son los deseos que hacen posible finalmente que el tanque del general tenga un servidor dispuesto a matar a su hermano.

http://www.kaosenlared.net/noticia/guerra-crimen-organizado-contra-humanidad

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