Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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sábado, 10 de julio de 2010

¿Son iguales todos los musulmanes?

lectura coran


Según la tradición islámica todos los musulmanes son/somos iguales, lo único que nos diferencia, para mejor o peor, es nuestro grado de iman


Autor: Abdelkader Mohamed Alí -

Según la tradición islámica todos los musulmanes son/somos iguales, lo único que nos diferencia, para mejor o peor, es nuestro grado de iman.
Según la tradición islámica todos los musulmanes son/somos iguales, lo único que nos diferencia, para mejor o peor, es nuestro grado de iman.


Hace unos días, con motivo de mi asistencia a la charla que nos impartió el activista Manuel Tapial, miembro de la ONG ‘Cultura, Paz y Solidaridad’, sobre su experiencia a bordo del barco ‘Mavi Marmara’ tras ser atacados por el ejército israelí, me preguntó un amigo ¿qué me había parecido la charla? A lo que intenté responder condensando una respuesta breve pero con toda la carga y contundencia de mis emociones: “Dios bendiga a todas las personas de buena voluntad como Manuel Tapial”, a lo que me increpó un segundo ‘amigo’ presente: “la rahma no puede alcanzar más que a quienes se amparan en el credo islámico, así que rectifica tu errónea aseveración”. Esto, una vez más, me hizo constatar que las estrecheces mentales, asilvestradas, brotan en todas partes, es algo similar al axioma cristiano que afirma: “Fuera de la Iglesia no es posible la salvación”.

Huelga decir que no sólo no rectifiqué, sino que me enzarcé en un momentáneo, pero severo, rechazo a las palabras de mi inquisidor. Posteriormente reflexioné y maduré en la intimidad mis opiniones sobre estas posiciones tan extremas como inconsecuentes con la realidad del espíritu y la letra del Islam, pero que lamentablemente existen, aunque por fortuna minoritarias, en el seno del Islam.

Pero la pregunta pertinente, especialmente cuando determinadas actitudes de musulmanes que tienen proyección pública, es la que da título a este artículo: ¿son iguales todos los musulmanes? Un hadiz dice que “media respuesta ya está en la propia pregunta”, así que matizando lo que resta de la interrogante diría: SÍ y NO.

El SÍ tiene relación desde el punto de vista doctrinal. Según la tradición islámica todos los musulmanes son/somos iguales, lo único que nos diferencia, para mejor o peor, es nuestro grado de iman (¿fe?). A más graduación de conciencia y de iman, más se acerca uno al ideal del buen musulmán.

Y el NO tiene que ver con el hecho de que las sensibilidades dentro del Islam son heterogéneas, tan plurales como ricas en matices, por tanto sustancialmente diferentes. El Islam, al igual que las otras tradiciones religiosas, tiene una rica y complejísima diversidad interior que de no reparar en ella limitaría en demasía nuestra comprensión de la realidad islámica.

La diversidad del hecho islámico es enorme tanto en su formulación histórica, cultural o espiritual, aun a pesar de la tendenciosa visión que muchos medios de comunicación difunden al hacer del Islam un ente monolítico, uniforme. Sin embargo la realidad es tan plural y múltiple como fecunda.

La “enfermedad” del Islam

A ese grupo de musulmanes de visión restrictiva, pobre, poco imaginativa, arriba referido, el intelectual franco-tunecino Abdelwahab Meddeb los analiza certeramente en uno de sus libros, cuyo título es ya de por sí ilustrativo: “La enfermedad del Islam”, (Edit. Galaxia Gutenberg). Esta heredada “enfermedad” la localiza principalmente Meddeb en la doctrina teológica de Mohamed Ibn Abd al-Wahhab (1703-1792), fundador de la corriente ideológica que le da su nombre, el wahhabismo, y a quien no duda en llamar “indigente” intelectual.

Dice nuestro autor: “Si nos detenemos a analizar la doctrina de Ibn Abd al-Wahhab (leyendo, por ejemplo, su libro más célebre ‘Kitab at-Tawhid’ –‘El monoteísmo’– editado por Darussalam, 2003), descubrimos a un escriba sin la más mínima originalidad. No nos atrevemos siquiera a atribuirle la categoría de pensador.”

Ibn Abd al-Wahhab bebió de las fuentes de Ibn Hanbal e Ibn Taymiya. Sin embargo, como dice nuestro autor de referencia, Meddeb: “Un mundo separa a Ibn Abd al-Wahhab de sus dos maestros”. Ibn Hanbal tuvo una descendencia sufí, paradójicamente algo que odia visceralmente el wahhabismo. No hay mayor anatema para un wahhabí que propiamente el sufismo y su metodología de realización interior o gnóstica.

Por otra parte Ibn Taymiya fue un pensador “excepcional” quien escribiera la obra “Refutación de los lógicos” (Ar-Radd ‘ala al-mantiqiyyin que como dice Meddeb es una obra que “puede iluminar determinadas zonas acotadas por la lógica moderna”.

Ibn Taymiya se consideraba a sí mismo como sufí de la orden Qadirí, y los volúmenes diez y once de los treinta y siete volúmenes de su obra Maymu"’ al-fatawa, están dedicados al sufismo. De ahí a que sin contemplaciones Meddeb se refiera a Ibn Abd al-Wahhab como “un zafio discípulo” por su “mediocridad”, pero sobre todo lo descalifica por su “ilegitimidad doctrinal”.

Pero, probablemente, quien ha estudiado mejor la vida y obra de Ibn Abd al-Wahhab haya sido Dawud al-Bagdadi, un pensador de orientación gnóstica o sufí que escribió en el año 1875 dos tratados publicados en Estambul que desmontan y refutan por completo la doctrina wahhabí. Dawud al-Bagdadi, entre otras cosas, se lamenta de que Ibn Abd al-Wahhab haya “abierto la vía de la ignorancia y autorizado a unos hombres incultos a apagar con su soplo la luz divina”. Sentencia: “¿cómo semejante personaje se atrevía a acercarse al iytihad, la interpretación del dogma, sin reunir las condiciones que la tradición de los ulemas exige para ejercer dicho arte?”.

Finalmente, Dawud al-Bagdadi concluye comparando a Ibn Abd al-Wahhab con un “pretendiente ilegítimo a la ciencia, con un sectario ignorante, cuyas prescripciones arruinan el edificio complejo del derecho edificado a lo largo de los siglos”. En síntesis, he aquí el oscuro y estéril caudal del que se nutren esos discípulos contemporáneos del wahabismo, cuyo pensamiento es tan simple como carente de toda creatividad intelectual, teológica, cultural... Y no digamos ya espiritual.

Estos alumnos andan perdidos y discuten perenne y agriamente sobre formalidades estériles, pero sin embargo son incapaces de mostrar un alo mínimo de ternura para con sus semejantes, y cuando estiman que están haciendo un bien, una acción caritativa, inmediatamente hacen cálculos, las cuentas de cuantas hasanat (recompensas) les aporta la transacción ‘emocional’ que acaban de hacer.

Es lo que Roger Garaudy llamó certeramente en una ocasión “exponentes de un Islam fosilizado”. Cuando en puridad el Islam, si se ejerce con la debida fidelidad, es viveza, frescura, espontaneidad del corazón, sentimientos y generosidad a borbotones,… Y, claro, Melilla no es una excepción, lamentablemente también pululan entre nosotros estos amantes del oscurantismo más retrógado.

A lo largo de estos últimos decenios de mi vida en los que he intentado esforzarme por entender la dimensión y alcance del mensaje muhammadiano, es decir la esencia del Islam como mensaje universal y conciliador, –dice una aleya muy esclarecedora “Y no te hemos enviado, sino como misericordia para todos los mundos” (Corán, 21:107)– he sido consciente de una modulación progresiva en conformidad con los avances de ese entendimiento.

Hace años, cuando aun los iniciales rudimentos teóricos apenas me orientaban en un discernimiento objetivo, a mis ojos, todos los musulmanes eran fieles exponentes del Islam. No distinguía diferencias sustanciales cuando la única regla que introducía en mis percepciones era el cumplimiento básico de los pilares del Islam.

Los años, –“La vida nos enseña” diría el Imam Alí (paz y bendiciones)– y un afán de aminorar mi ignorancia, me han ido evidenciando el error mayúsculo en el que andaba inmerso.

Los conocidos cinco pilares del Islam, aún siendo determinantes en la cosmovisión del Islam y el musulmán, todos ellos, salvo el primero, es decir “Lâ ilâha illâ llâh, Muhámmadun rasûlullâh (No hay más dios que Allah (Dios) y Muhammad es el mensajero de Allah) tienen sus excepciones y casuística en el momento de ponerlos en práctica. Es decir, la riqueza del Islam emana también de los matices que nos ofrece el cumplimiento de sus postulados principales. Dicho con toda la claridad precisa: no todos los musulmanes son similares en su percepción e interpretación de lo religioso, de lo espiritual, incluso de lo cultural. Hay quienes hacen de la simpleza de las formas o apariencias su método doctrinal.

En definitiva, el reto que nos imponen los tiempos que nos ha tocado vivir, es, entre otras muchas responsabilidades, dialogar con la sociedad de nuestro tiempo. Sin prejuicios y sin pretensiones a priori de superioridad (moral, religiosa o teológica). Acaso no dice un hadiz, “Quien desciende [y pervive en la humildad] es elevado por Allah”.

Alcanzar cierta plenitud humana requiere apartarse de la arrogancia y del orgulloso sentimiento de creerse en posesión de la verdad. ¿Quiénes somos nosotros para negar la Rahma, la misericordia a nadie? ¿Acaso la tenemos garantizada nosotros? Y es que lo sagrado requiere de la consciencia humana, de lo contrario se incurre en la flagrante traición de esos textos que se dice respetar.

La ciega endogamia religiosa incurre, casi siempre, en un inmovilismo que conduce recto al “fundamentalismo” excluyente y sectario. El shayj Ahmad Al-Alawi solía decir que de todos los peligros que amenazan al Islam, el mayor, con mucho, procede de ciertos musulmanes.

¿No dice la sabiduría popular “tienes más razón que un santo?" La misma que tenía Azzizuddin An Nasafi, el gran sabio del siglo XIII y discípulo de Ibn Arabi de Murcia, quien en su Kitab al Insan Al Kamil, nos aconseja: “Ten muy en cuenta esto: no seas la causa del mal de nadie. Dentro de tus posibilidades, da tranquilidad a los demás”

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