Oí al Mensajero de Dios -la paz y las bendiciones de Dios sean con él-, diciendo:

«Quien de vosotros vea una mala acción, que la cambie con su mano, si no pudiera con su lengua, y si no pudiera, entonces en su corazón, y esto es lo más débil de la fe».

Lo transmitió Muslim.

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domingo, 30 de mayo de 2010

Las corridas de toros vistas desde el Islam.

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El Parlamento catalán debate sobre si prohibir o no las corridas de toros. Los defensores de las corridas alegan que se trata de una tradición ancestral, parte del patrimonio cultural de la humanidad, en el cual el hombre y el toro se enfrentan en igualdad. Los partidarios de la prohibición alegan que se trata de una sangrienta salvajada, en la cual se tortura de forma innoble a un ser vivo, para puro deleite de las gentes.

¿Cuál sería el punto de vista islámico sobre este asunto? Evidentemente, el Sr. Islam no existe y por tanto no puede darnos su opinión, y yo no represento a nadie más que a mí. Por mi parte, no tengo la menor duda de que el islam está de parte de la prohibición de las corridas. Para ello, me baso en aquellos dichos del Profeta Muhammad en los cuales alentó a tratar bien a los animales, e incluso en el hecho de que prohibió costumbres árabes anteriores en las que los animales sufrían.

El Profeta prohibió a sus seguidores el causar daño a cualquier animal y les pidió que se aseguraran de estar cumpliendo con sus derechos. Los animales tienen su dignidad. En el Corán se dice que tienen alma y que forman comunidades igual que los humanos. Y los versículos 37-38 del capítulo 6 señalan que los animales también accederán al Paraíso.

En una ocasión, Muhammad contó la historia de un hombre que, tras una larga caminata y al sentir sed, bajó a un pozo para beber. Al salir, ve a un perro jadeando de sed que comía barro. El hombre se dice: “este perro está tan sediento como lo estaba yo”, y vuelve a bajar, llena su zapato del agua, lo agarra con sus dientes y vuelve a subir para dar de beber al perro. Dios le agradeció su buena obra y le perdonó los pecados. Le preguntaron entonces “Oh, Muhammad, ¿tendremos entonces una recompensa por ser buenos con los animales?”. El Profeta contestó: “Cualquier bien que se haga a una criatura viva obtiene una recompensa”. Muhammad no distinguía entre hacer el bien a los humanos o a otros seres vivos.

En otra ocasión, el Profeta narró la historia de una mujer que fue arrojada al Fuego del infierno por tratar mal a su gato: no le dio de comer ni de beber mientras lo tuvo encerrado, ni le dejó salir para que se alimentara de insectos y cazara sus presas. Y también prohibió cazar por placer. Dijo: “Quienquiera que mate a un gorrión o a un animal mayor sin respetar su derecho a existir, tendrá que dar cuenta por ello en el Día del Juicio”. Y en otra tradición dice que será el propio pájaro quien le pedirá cuentas por lo que le hizo, y pedirá a Dios que le haga justicia.

Como vemos, los animales tienen sus derechos. El hombre puede usar a los animales para su bien, esto forma parte de sus necesidades naturales, pero no puede usarlos a su capricho: no son bestias sin alma a los cuales se pueda tratar de cualquier modo. Se permite el uso de la piel de los animales para vestirse, pero únicamente de las pieles provenientes del ganado, de los animales muertos de forma natural o de los animales sacrificados para servir de alimento. Hay un hadiz que podría aplicarse hoy en día al uso de las pieles para abrigos de lujo: “No conduzcas en sillas de montar hechas de seda o pieles de leopardo”.

Por si fuera poco, el Profeta prohibió las peleas de animales. Una tradición explica que el Profeta prohibió hacer pelear a los animales entre ellos, debido a que la gente provocaba a los animales para hacerlos pelear hasta que uno de ellos fuera picoteado o desangrado hasta la muerte. En consecuencia, se considera haram (prohibido) consumir la carne de los animales que mueren en estas peleas.

También prohibió el juego de maysir, que consistía en el reparto de las diversas partes de un camello, al cual los participantes lanzaban sus flechas. Ahí donde tocaba cada flecha, esa parte correspondía al flechador. Muhammad prohibió a los arqueros el usar gallinas o animales similares como blancos de práctica. El Profeta se refirió con palabras muy duras a quien utilizaba a un ser vivo como blanco.

Por todo ello, no puedo sino suscribir lo dicho por el escritor Francisco González Ledesma en el Parlamento catalán: “El que pague por ver cómo a un ser vivo y noble le clavan eso debería pedir perdón a su conciencia y pedir perdón a Dios”. Y también las palabras de Jesús Mosterín, afirmando que el hecho de ser una tradición ancestral no es una excusa.

También son tradiciones la ablación del clítoris o la costumbre china de vendar los pies de las niñas o la costumbre india de quemar vivas a las viudas, y nadie duda de que deben ser prohibidas. El problema se da cuando miramos con ojos críticos las tradiciones salvajes de los otros y somos indulgentes con las nuestras. Se me dirá, con razón, que en los casos mencionados no se trata de animales, sino de personas. A esto solo puedo contestar: en el fondo de la cuestión está el desprecio de los animales, típico de determinada tradición occidental, y del cual los toros no son más que un ejemplo extremo. Un desprecio que delata una de los rasgos más oscuros de nuestra civilización, del cual los toros son una evidencia.


http://abdennurprado.wordpress.com/2010/03/24/las-corridas-de-toros-vistas-desde-el-islam/